Entre la ley y la honestidad

El desaparecido

“Quien está ausente, todos los males tiene y teme.”
Miguel de Cervantes

La magnífica catedral de León guarda muchos secretos. Algunos, con el paso del tiempo, ya se han revelado; pero hay otros que, todavía hoy, incluso estando bien a la vista, no se ven en la dimensión que realmente tienen, pues su situación actual, fruto de los años y de las malas decisiones, los lleva a ser, en sí mismos, auténtica metáfora del presente.

Detrás del altar mayor Nicolás Francés realizó una pintura mural. En ella, se ven representadas una gran cantidad de personas: guerreros, religiosos y hombres claramente pertenecientes a estamentos elevados del poder civil. Son aproximadamente veinticinco. Todos ellos hablan entre sí y o bien miran hacia el centro de la escena o bien se refieren a lo que allí ocurre. Algunos incluso apuntan con el dedo hacia ese lugar central. Y resulta que, en esa posición, en el medio de la escena, no hay nadie.

Pero no es que ese vacío estuviera previsto por el artista. En absoluto. La pintura fue dedicada al Ecce Homo en el palacio de Poncio Pilatos. Pero el protagonista de la escena no está. Esto es así por circunstancias ajenas a Nicolás Francés. La catedral, a lo largo de su historia, fue objeto de intervenciones de diferente envergadura y no precisamente afortunadas, al punto de llevar al monumental inmueble casi al colapso y a requerir en el siglo XIX una intervención estructural, una gran rehabilitación que ha permitido que hoy siga en pie. Pues bien, una de esas decisiones tomadas con poco tino consistió en abrir una puerta o comunicación desde el altar mayor a la parte trasera del mismo (la girola) para comunicar las dos zonas de la catedral, y esto hizo que se llevara por delante el centro de la pintura, cosa que ocurrió en el siglo XVIII, época en la que, precisamente, la acumulación de las felices ideas de muchos cráneos privilegiados con mando en plaza casi acaba con el templo. Luego esa puerta se cegó, y nunca se reestableció lo que faltaba de la pintura, dejando un espacio gris central que llama poderosamente la atención, y que da mucho que pensar para quien no sepa la razón teórica por la que en ese punto hay un borrado tan llamativo: ¿Por qué se eliminó esa parte de la pintura? ¿Qué reflejaría realmente, y con qué crudeza lo haría para tener que borrarla? ¿Y, por qué, además, debajo de esa figura o figuras centrales parecería haber un mensaje o algo más al inicio de las escaleras pintadas que tampoco está? Son preguntas muy lógicas para quien no conoce las vicisitudes del templo leonés y que pueden llevar a la especulación y, de paso, a las leyendas.

Pero, aparte de todo esto, nos encontramos en agosto de 2026 frente a una pintura en la que el protagonista -en este caso, no por su voluntad- no está. Y tal ausencia impide poder explicar la escena, porque su entendimiento depende de verla en plenitud. Hoy en día, también hay mucho desaparecido en puestos centrales, pero por voluntad propia, pues a pesar de ser requeridos no comparecen, y su desaparición, como ocurre en esta pintura mural, impide conocer la verdad de lo que ocurre; ahora bien, ese no dar la cara ante todos, también como en esta obra de Nicolás Francés, resulta ser tan clamorosa y llamativa como la misma ausencia. Curioso que una pintura de la catedral de León hecha rondando el año 1434, por circunstancias también humanas, es de una rabiosa actualidad.

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