La Receta

Datos y privacidad en salud

Los datos sanitarios tienen algo de paradoja moderna: son, al mismo tiempo, profundamente íntimos y extraordinariamente útiles. En ellos se condensa lo más personal —nuestras enfermedades, hábitos, miedos— y, a la vez, una herramienta imprescindible para que la medicina funcione con cierta eficacia. Sin datos, no hay diagnóstico acetado; sin información compartida, no hay continuidad asistencial. Pero tampoco conviene olvidar que no todos los usos de esos datos son inocentes ni todos los sistemas están pensados para proteger al paciente.

En Europa, el marco legal es exigente. El Reglamento General de Protección de Datos establece que los datos de salud son especialmente sensibles y, por tanto, merecen una protección reforzada. No basta con recogerlos: hay que justificar su uso, limitar su acceso y garantizar su seguridad. En España, la Ley Orgánica de Protección de Datos y Garantía de los Derechos Digitales adapta este principio al contexto nacional, recordando que el paciente no pierde el control de su información por el hecho de estar enfermo.

Sobre el papel, todo parece razonable. En la práctica, el panorama es más irregular. La sanidad pública y la privada, los distintos servicios autonómicos, e incluso los países europeos entre sí, funcionan como compartimentos estancos. Cada sistema acumula datos, pero no siempre sabe —o puede— compartirlos. El resultado es conocido por cualquiera que haya cambiado de médico, de comunidad o de país: repetir pruebas, rehacer historiales, empezar casi desde cero. Como si la memoria clínica del paciente se desvaneciera en cada frontera administrativa.

Se dirá, con razón, que abrir demasiado esos datos entraña riesgos. Y los tiene. El acceso indebido, las brechas de seguridad o el uso comercial encubierto son amenazas reales. De ahí la insistencia europea en el consentimiento informado y en la trazabilidad de quién consulta. Sin embargo, la solución no puede ser levantar muros cada vez más altos hasta hacer inútil la información. La protección no debería convertirse en aislamiento.

El reto, por tanto, no es elegir entre privacidad y eficacia, sino aprender a compatibilizarlas. La tecnología lo permite: sistemas interoperables, historiales electrónicos seguros, identificación robusta del paciente. Lo que falta no es tanto capacidad técnica como voluntad organizativa y, en ocasiones, una visión menos fragmentada del sistema sanitario.

Al final, la cuestión es más simple de lo que parece. Cuando un paciente cambia de médico, de hospital o de sistema —público o privado, nacional o europeo— no está pensando en reglamentos ni en arquitecturas digitales. Lo que desea es algo bastante elemental: que quien le atienda sepa quién es, qué le ha ocurrido y qué tratamientos ha recibido. Que no tenga que contar su historia una y otra vez. Que no le repitan pruebas innecesarias ni se retrase su diagnóstico por falta de información.

Todavía estamos lejos de ese ideal. Entre la prudencia legal y la inercia administrativa, los datos sanitarios siguen viajando peor que los pacientes. Y, sin embargo, en una medicina cada vez más compleja, esa continuidad no es un lujo: es una condición básica para cuidar bien.