La invitación del presidente Gustavo Petro a una movilización popular este miércoles 7 de enero, con cita en la Plaza de Bolívar de Bogotá a las cuatro de la tarde, no es un hecho menor ni folclórico. Lo verdaderamente candente es que la propone en medio de un clima inflamable, atravesado por la fuerza retórica de Donald Trump y por hechos —graves y controvertidos— relacionados con una operación de captura extraterritorial en Venezuela contra Nicolás Maduro y Cilia Flores. Petro llamó a “izar la bandera de Colombia” y a “defender la soberanía nacional”, con un mensaje que mezcla épica doméstica y geopolítica de alto voltaje.
El problema no es la plaza pública —espacio legítimo de la democracia— sino el momento y el destinatario implícito del mensaje. Al anunciar su presencia en la Plaza y hablar de “un solo pueblo” y de una “Colombia libre”, el presidente colombiano lo hace en lo que muchos interpretan como un respaldo a Maduro desde el escenario simbólico del poder civil, justo cuando Trump ha elevado el tono y ha insinuado, con su ya conocida desmesura verbal, llevarlo a Estados Unidos por sus presuntos vínculos con el narcotráfico y el llamado Cartel de los Soles. La diplomacia, mientras tanto, observa desde la banca.
Conviene recordar que Petro y Trump ya han cruzado trinos que quedarían mejor archivados como ejemplos de lo que un jefe de Estado no debería escribir. Mensajes altisonantes, respuestas impulsivas, descalificaciones personales y frases diseñadas para ganar aplausos digitales más que respeto institucional. Ambos parecen olvidar que no son jefes tribales disputando territorio simbólico, sino presidentes cuyas palabras educan —o intoxican— a millones de gobernados.
Este estilo de confrontación permanente hace un daño profundo a la democracia. Cuando los mandatarios se arremangan para insultarse por redes sociales y convierten la política exterior en un ring, no solo degradan la majestad del cargo: erosionan valores ciudadanos, debilitan la diplomacia y legitiman la ira como forma de gobierno. Para completar el cuadro, algunos medios y opinadores actúan como gasolina, no como cortafuegos.
Las reacciones en Colombia han sido sísmicas. En contra de la postura presidencial se han pronunciado gremios empresariales, sectores académicos, partidos tradicionales, voces del centro político y militares retirados, preocupados por el aislamiento internacional y el impacto económico. A favor se alinean bases del petrismo, sindicatos, movimientos sociales y sectores de la izquierda latinoamericanista que ven en Petro a un defensor de la soberanía regional frente al poder estadounidense.
La conclusión es simple y urgente: con fuego no se juega. Los presidentes deben comportarse como estadistas y los líderes de opinión ayudar a bajar la temperatura, no a subirla. La región no resiste otro incendio provocado por halcones de guerra mientras las palomas de la paz sobrevuelan exhaustas. Como advirtió Mahatma Gandhi, “la paz es el camino”. Y hoy, más que nunca, conviene recordarlo antes de que la historia vuelva a escribir sus páginas con ceniza.