La posesión del nuevo presidente de Colombia, el próximo 7 de agosto, que debería simbolizar la fortaleza de la alternancia democrática, ha terminado convertida en la punta del iceberg de un espectáculo político que desnuda la pobreza del debate nacional. Mientras el mandatario que se va y el que llega protagonizan una confrontación que monopoliza la conversación pública, el país espera respuestas frente a la violencia, el crecimiento económico, el deterioro institucional y una fractura social sin resolver.
Sin embargo, el verdadero problema no son Gustavo Petro ni Abelardo de la Espriella. Son apenas el síntoma de una manera de entender el poder que ha terminado por desplazar las ideas y las instituciones para concentrar la atención en los líderes. Cambian los discursos, las banderas y las orillas ideológicas; permanece la tentación de convertir la política en un escenario donde el personaje importa más que el proyecto colectivo.
Ese es uno de los riesgos más serios para cualquier democracia. No comienza a deteriorarse solo cuando aparecen gobernantes con inclinaciones autoritarias. También se debilita cuando la ciudadanía acepta que el destino depende de un hombre. La historia demuestra que los personalismos, cualquiera que sea el lenguaje ideológico con el que se presenten, terminan reduciendo el espacio del pluralismo y debilitando el papel de las instituciones llamadas a equilibrar y controlar el poder.
El filósofo Norberto Bobbio recordaba que la democracia no se define por el nombre de quien gobierna, sino por la fortaleza de las reglas que limitan su autoridad. Edgar Morin, desde otra perspectiva, advirtió que las sociedades complejas no admiten soluciones simples ni respuestas providenciales. Ambas reflexiones resultan pertinentes para Colombia, donde con demasiada frecuencia se espera que un presidente resuelva problemas que llevan décadas acumulándose y que solo pueden enfrentarse mediante instituciones sólidas, políticas de Estado y una ciudadanía comprometida.
La revolución digital ha añadido un nuevo desafío. Las redes sociales y las nuevas tecnologías han multiplicado la capacidad para amplificar emociones, simplificar los debates y convertir la confrontación política en un espectáculo de consumo permanente. Pero la tecnología no crea el personalismo; apenas potencia una cultura política que privilegia el impacto inmediato sobre la deliberación y la construcción de consensos.
La democracia no consiste en reemplazar un líder por otro. Consiste en garantizar que nadie esté por encima de las instituciones y que el debate público se ocupe menos de las personas y más de los problemas nacionales. Esa debería ser la principal enseñanza que deja el relevo presidencial.
La pregunta que Colombia necesita responder no es quién ganó la disputa entre Petro y Abelardo. La verdadera pregunta es si el país será capaz de ir más allá de ambos para fortalecer una democracia donde la libertad, el pluralismo, el Estado de derecho y la responsabilidad institucional tengan más peso que el carisma, el ego o la voluntad transitoria de quienes ejercen el poder.
Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP Press.