Cuando fuimos peces

España en mi voz, España en mi piel

Hay días en que la alegría se desborda como un río recién deshelado. Días en que la emoción roza el delirio y la lágrima se vuelve un gesto natural, inevitable, cuando miles de gargantas se abren al viento para gritar: «¡Yo soy español, español!». No es solo un cántico deportivo; es un latido colectivo. Un equipo de señores —en el mejor y más noble sentido de la palabra— ha demostrado que el buen hacer, la disciplina y la armonía pueden convertir un grupo en una fuerza imparable. Y, al verlos, he recordado algo que escribí hace poco en esta misma columna: cuando los españoles remamos juntos, cuando dejamos de lado la sospecha y el ruido, somos capaces de hazañas que rozan lo milagroso.

Ese grito, que parece reservado para las grandes celebraciones, me acompaña también en momentos mucho más íntimos, casi patéticos, como he confesado alguna vez. Momentos en los que la suerte me ha herido con garra de fiera y me ha obligado a detenerme, a aceptar mi fragilidad, a depender de manos ajenas para seguir adelante. No voy a reiterar esas escenas, porque ya están dichas y porque no merecen protagonismo. Lo que sí quiero subrayar es lo que ocurre cada vez que recibo la asistencia de nuestros magníficos sanitarios, esos profesionales que sostienen este país con una mezcla de ciencia, paciencia y ternura.

También lo pienso cuando, en mi propia casa, aparecen esos ángeles tutelares que me acompañan en la dependencia, que me ayudan a vivir con dignidad, que convierten lo cotidiano en posible. En cada gesto suyo —un brazo que sostiene, una palabra que calma, una sonrisa que no pide nada a cambio— escucho, como un eco suave, aquel mismo grito que retumbaba en los estadios: «¡Yo soy español, español!».

Y entonces lo entiendo. No es un lema hueco ni un arrebato pasajero. Es la afirmación de pertenecer a un país que, con todos sus defectos, sabe ser generoso, sabe ser valiente y sabe cuidar. Un país que me sostiene cuando flaqueo y que me emociona cuando triunfa.

Por eso hoy, desde esta columna, quiero decirlo con serenidad y gratitud: gracias por permitirme ser parte de este bendito país. Gracias por recordarme, cada día, que también yo soy español