Alcazaba

Camoens y Benavides

Al caminar por Lisboa, grato es el encuentro con la poesía.

Tendida sobre una losa de mármol en el Monasterio de los Jerónimos de Lisboa, ese lugar que parece extraído de los limos marinos, está la efigie de Luis de Camoens, el poeta portugués de suave trato con la palabra: “Baten leve, levemente, como quem chama por mim; será chuva, será gente; gente nao é certamente e a chuva nao bate assim"; tocan (a la puerta) leve, levemente como quien llama por mí; será lluvia, será gente; gente no es ciertamente y la lluvia no bate así…”
Si una composición puede ser leve por su sonido y suavidad, esta evoca más que nombra.

Impresiona la efigie de Camoens sobre el mármol, armado para la muerte, con su espada al cinto y las manos que sostienen un crucifijo. Pero su cuerpo no está ahí; aunque fue sepultado cerca del Convento de Santa Ana, en Lisboa, en 1580, desapareció con el terremoto de 1755; ocho años antes de morir, en 1572, había publicado “Os Luisiadas”, libro que es tenido como verbo capital de la poesía portuguesa. Jorge Luis Borges lo recordó en unos versos: “Sin lástima y sin ira el tiempo mella las heroicas espadas/ Pobre y triste a tu patria nostálgica volviste/ oh capitán, para morir en ella y con ella/ en el mágico desierto la flor de Portugal se había perdido/ y el áspero español, antes vencido/ amenazaba su costado abierto...”.

Camoens escribió su Eneida lusitana y es por ello que Portugal le honra con varios túmulos, por doquiera que pasó y dejó huella; así en Coimbra, en Goa como en Lisboa.

Quizá no se encuentre en la poesía colombiana un tono más particular, una voz más original desde Aurelio Arturo, que esta poesía de íntimas soledades, de curtidos ancestros, que nos trae Horacio Benavides, como quien musita desde la profundidad de un bosque. Se detiene en los animales y las cosas con la lentitud del que observa antes de pergeñar palabra alguna, la misma que sale nueva de su poema, acabada de inventar para el asombro de la especie: “Empujan la canoa del muerto/ la cabeza en la proa, los pies en la popa/ en el río que corre hacia el oeste/ Por toda provisión un calabazo de agua, un pedazo de pan/ y la inevitable lumbre que arderá mientras el corazón calle…”

Sé que tras estas palabras bulle una vieja estirpe de pastores de ovejas, de gente que ha tenido trato directo con la tierra, con cada vibrante revelación del reino animal, antigua estirpe que hablaba con los muertos, la misma de Comala, viva en las aldeas de Horacio, en esas voces de difuntos que conversan desde el hondón de la noche, desde los cascos de jinetes que se funden en las sombras.