Entre la ley y la honestidad

El camino de Breogán

Breogán
Breogán

Ya llegaron los tiempos
de los bardos de las edades
en que vuestras vaguedades
cumplido fin tendrán;
pues, por doquier, gigante
nuestra voz pregona
la redención de la buena
Nación de Breogán.

Eduardo Pondal

En unos tiempos en los que se dice que la humanidad ha superado los límites físicos e intelectuales de las fronteras, entrando en un mundo interconectado y universal, en una deriva cosmopolita que, al parecer, ha dejado atrás definitivamente a la aldea, curiosamente, en la práctica, se observa un fenómeno contradictorio: no se quiere reconocer que el enlace entre los pueblos y las sociedades del planeta ha venido dado por el contacto de civilizaciones que, en su momento, por razones de diferente índole, se expandieron más allá de los confines de sus tierras y, en una muestra no precisamente de retroceso o encastillamiento, sino de todo lo contrario, sintieron la necesidad de mirar más allá de sus teóricos horizontes y así descubrir otras culturas. Nuestro presente se debe a esa salida de la caverna y a la fusión de sociedades: somos hijos del encuentro histórico de mundos separados. Renegar de este hecho supone, aparte de cerrar los ojos ante la realidad, una genuina involución, un salto hacia atrás en los peldaños de la escalera del devenir humano que nos deja al borde del abismo, negando lo evidente y volviendo a cubrirnos con el polvo de la dehesa. Es decir: retornamos a la prehistoria.

Fechas las actuales en las que se rechaza el pasado, en las que no se quiere reconocer el valor y la valentía de la ruptura del muro medieval para ver una nueva tierra, unas nuevas gentes, un sol que ilumina a algo más que a uno mismo. Sin ello, sin este impulso de salir para conocer mundo -aun cuando sea difícil e implique momentos duros- no estaríamos aquí ni contaríamos con los avances de los que presumimos, porque se han ganado como consecuencia de este encuentro entre civilizaciones. Hoy asistimos al cuestionamiento de la historia y a la creación de otra acomodada al único interés, muy simple, de conservar cuotas temporales de poder. No descarto que se llegue en algún momento a renegar del papel de Colón en el descubrimiento de América, de la ocupación musulmana de la Península Ibérica durante siglos (con toda la riqueza que dejó) o que incluso se resucite al pobre rey Chindasvinto para hacerle responsable de alguna atrocidad si hubiera tenido la ocurrencia de mirar un poco más allá de las paredes de su casa.

Esta búsqueda de otras culturas, la necesidad de abrir la mente a otras ideas, sociedades y hábitos está no ya solo escrita en la historia, sino en la leyenda, y resulta muy llamativa a estos efectos aquella que afirma que, hace muchos siglos, una estirpe de reyes terminó recalando en Galicia, y desde allí, tras ciertos avatares, una figura mítica elevó una torre muy alta -que actualmente sigue en pie- desde la que su descendencia podía vislumbrar las costas de Irlanda. Y ese camino naval entre pueblos fue recorrido por la estirpe de Breogán, de Galicia a Irlanda, dando lugar al nacimiento legendario de la cultura celta, al hermanamiento entre dos pueblos, que, en efecto, resulta tan evidente que pareciera cincelado en el ADN de ambos.

Así pues, si incluso son los propios mitos los que evocan el impulso expansivo y de contacto entre semejantes, no podemos concebir que la historia quiera ser cambiada, alterada a conveniencia, porque es fiel reflejo de nuestra esencia, y quien pretende modificar el pretérito camino de la humanidad lo que ansía, también, al despojarle de su cultura, es controlar el pensamiento, la moral y la crítica de un pueblo.