Crónicas Mexas

América da un paso fuerte a la derecha

Durante buena parte de la década pasada, América Latina vivió la llamada marea rosa: gobiernos de izquierda que construyeron una red de apoyo mutuo, respaldados por líderes afines y una retórica anti-imperialista. Esa coalición se sostuvo con recursos tangibles. Venezuela, por ejemplo, llegó a enviar a Cuba hasta 100 000 barriles de petróleo al día entre 2007 y 2015, cifra que se redujo a 35 000 barriles diarios conforme la producción venezolana se desplomó. México se sumó a ese esquema de ayuda: en 2023 su petrolera estatal Pemex despachó al menos 2,8 millones de barriles de crudo y combustóleo a la isla caribeña como “donación humanitaria”, gesto que reflejó la cercanía ideológica entre el presidente Andrés Manuel López Obrador y su homólogo cubano Miguel Díaz-Canel. El petróleo se convirtió en moneda de solidaridad.

La solidaridad también se expresó en la concesión de asilos. Cuando Perú destituyó a Pedro Castillo en 2022, México ofreció refugio a su esposa e hijos. Lima consideró la decisión una injerencia, expulsó al embajador mexicano y quebró relaciones; las autoridades peruanas recordaron que México ya había protegido a Castillo y ahora daba cobijo a su familia. En abril de 2024, la policía ecuatoriana irrumpió en la embajada mexicana en Quito para arrestar al exmandatario Jorge Glas, quien había solicitado asilo. El allanamiento a todas luces ilegal, ocasiono que México repudió la violación de su sede diplomática y rompió relaciones con Ecuador. Estos desencuentros subrayaron que, para la izquierda, la lealtad entre gobiernos podía chocar con los intereses nacionales de otros países.

Sin embargo, la fortaleza de esa corriente comenzó a resquebrajarse, primeramente, por los pueblos y su creciente descontento social por la inflación, la inseguridad y la corrupción derivó en una serie de giros electorales. En Argentina, el economista Javier Milei rompió el molde tradicional: durante la segunda vuelta de noviembre de 2023, este candidato anarcocapitalista de tendencia ultraderechista obtuvo el 56 % de los votos y se convirtió en presidente. Su ascenso, en palabras de analistas, marcó la primera vez que un outsider con inclinaciones radicales llegaba a la Casa Rosada.

El efecto dominó continuó en Panamá. En mayo de 2024, José Raúl Mino, ex ministro de Seguridad del expresidente Ricardo Martinelli, ganó la presidencia. Reuters lo describe como un político de derecha y pro-empresa que enfrenta la tarea de recuperar la confianza de un electorado harto de la corrupción. Su victoria puso fin a un gobierno de tendencia izquierdista y promete reformas pro-mercado. Unos meses después, las urnas dieron otra sorpresa en Bolivia. El politólogo Tasha Kheiriddin explica que la elección de 2025 convirtió a Bolivia en “la última nación latinoamericana en inclinarse a la derecha”, impulsada por votantes cansados de la inflación, el crimen y la escasez de divisas. La crisis económica y los escándalos del expresidente Evo Morales, acusado de corrupción y delitos personales, provocaron el colapso del Movimiento al Socialismo y abrieron la puerta a un gobierno de centro-derecha.

Quizá el giro más emblemático se produjo en Chile. El 14 de diciembre de 2025, el ultra-conservador José Antonio Kast ganó la segunda vuelta presidencial con el 58 % de los votos, desplazando a la candidata oficialista Jeannette Jara. Kast, un veterano dirigente de la derecha chilena, prometió “cambio real”, endurecer la política migratoria y desplegar al ejército en zonas de alta delincuencia. Estos últimos casos impulsados, sin duda alguna por el mandatario de la casa blanca. A la lista se suman Nayib Bukele en El Salvador y Daniel Noboa en Ecuador, ambos con agendas libertarias.

No obstante, el nuevo mapa ideológico no está definido. Los giros conservadores han estado acompañados de controversias y tensiones. En México, la ruptura con Perú y Ecuador por los asilos diplomáticos coincidió con un auge del nacionalismo energético que se tradujo en donaciones de petróleo a Cuba (que al parecer ahora se han terminado por la presión del vecino del norte). El mismo gobierno mexicano ha sido crítico de los gobiernos derechistas y mantiene alianzas con regímenes como Venezuela o Nicaragua. En Estados Unidos, donde se celebrarán elecciones de medio término en 2026, el humor popular podría modificar el tablero. Si la sociedad estadounidense castiga a Trump en las urnas, podría contener la ola derechista continental.

Ante este panorama, cabe preguntarse: ¿la derecha consolidará su dominio o surgirá una nueva marea progresista? Las coaliciones de izquierda siguen vivas, aunque debilitadas; su capacidad de reinventarse dependerá de responder a las demandas de seguridad, bienestar y honestidad que hoy claman los electores.