Miguel Ángel Alonso Cancino: “El mayor riesgo para una sociedad no es discrepar, sino dejar de debatir”

Reconocido con el premio Voz Libertaria Joven 2025, el joven dirigente reflexiona sobre la falta de debate público, el cortoplacismo político y los retos de su generación.

Miguel Ángel Alonso Cancino, presidente de la Asociación Libertaria Austriaca y premio Voz Libertaria Joven 2025, y a su izquierda Alfonso Muñoz Ruiz, viepresidente de la Asociación Libertaria Austriaca
photo_camera Miguel Ángel Alonso Cancino, presidente de la Asociación Libertaria Austriaca y premio Voz Libertaria Joven 2025, y a su izquierda Alfonso Muñoz Ruiz, viepresidente de la Asociación Libertaria Austriaca

El presidente y cofundador de la Asociación Libertaria Austriaca, Miguel Ángel Alonso Cancino, ha sido distinguido con el premio Voz Libertaria Joven 2025, un reconocimiento internacional que sitúa a un joven español entre las voces emergentes más influyentes del ámbito del pensamiento político y social en el espacio hispanoamericano. Más allá del galardón, la trayectoria de Alonso Cancino refleja una preocupación constante por la falta de debate público, el cortoplacismo político, la defensa de la Libertad y Occidente y la ausencia de proyectos de futuro para las nuevas generaciones. En esta entrevista para El Diario de Madrid, analiza el significado del premio, el esfuerzo que hay detrás y la necesidad urgente de recuperar el diálogo intelectual como base para construir una sociedad más sólida y responsable.

Ha sido reconocido recientemente con el premio Voz Libertaria Joven 2025. ¿Qué significado tiene este galardón para usted?

Lo vivo con una mezcla de agradecimiento y responsabilidad. Evidentemente, en lo personal es una enorme satisfacción, porque nadie trabaja durante años pensando en recibir premios. Pero, sobre todo, lo interpreto como un reconocimiento al esfuerzo sostenido y a una forma concreta de entender el compromiso público: desde el pensamiento, el estudio y el debate, no desde la consigna fácil ni el ruido.

El premio se concede en un marco internacional y con nominados de distintos países. ¿Qué lectura hace de ese contexto?

Es especialmente relevante. No se trata de un reconocimiento local ni anecdótico, sino de un premio que se otorga en un entorno internacional donde se evalúa el impacto, la constancia y la proyección de jóvenes de distintos países junto a otras nominaciones y premios como los galardonados al presidente Javier Milei, al profesor Jesús Huerta de Soto o a Daniel Lacalle. Que un español reciba este galardón en ese contexto indica que hay una inquietud compartida en todo el ámbito hispanoamericano: la necesidad de renovar el debate público y de formar a una nueva generación con criterio propio.

¿Qué cree que se ha querido reconocer exactamente con este premio?

Creo que se reconoce una trayectoria, no un momento puntual. Hay detrás años de trabajo organizativo, de viajes, de encuentros, de errores y de aprendizaje. Durante mucho tiempo hemos trabajado en contextos muy reducidos, prácticamente “predicando en el desierto”, sin visibilidad ni apoyos. Este premio llega después de ese recorrido y reconoce también el esfuerzo colectivo de muchas personas que han apostado por crear espacios de formación y debate para jóvenes.

Ha mencionado el esfuerzo colectivo. ¿Hasta qué punto este premio es también de quienes le acompañan?

Totalmente. Este reconocimiento no tendría sentido sin las personas que han estado conmigo en los momentos más difíciles, cuando el proyecto apenas tenía impacto y todo dependía de la convicción personal, especialmente a Alfonso Muñoz, el vicepresidente de mi asociación y con quien he trabajado infatigablemente para lograr nuestros objetivos. Reconoce a equipos, a la junta directiva, a jóvenes que han decidido implicarse cuando lo fácil era mirar hacia otro lado. En ese sentido, el premio es casi una validación moral de que el trabajo serio y constante acaba dando frutos.

Más allá del premio, usted insiste en la importancia del debate público. ¿Por qué considera que hoy es una cuestión central?

Porque hemos sustituido el debate por el enfrentamiento. Hoy se discute poco y se grita mucho. Se han impuesto los relatos emocionales y las etiquetas, y eso empobrece enormemente la vida pública. El debate no es un lujo intelectual; es una herramienta esencial para ordenar una sociedad, identificar problemas reales y tomar decisiones responsables. Cuando se renuncia al debate, se renuncia también a la posibilidad de mejorar.

¿Detecta una carencia especialmente grave entre los jóvenes?

Sí, y es preocupante. A muchos jóvenes se les ha privado de una formación básica sobre cómo funcionan las instituciones, la economía o las políticas públicas. Se les invita a posicionarse sin comprender primero los mecanismos. Eso genera frustración, consignas vacías y, a largo plazo, desafección. El debate bien planteado, con datos y argumentos, no divide: educa y madura.

En sus intervenciones suele hablar del cortoplacismo político. ¿Cómo afecta esto a las nuevas generaciones?

De forma directa. Las decisiones tomadas pensando únicamente en el próximo ciclo electoral acaban trasladando los problemas al futuro. Lo vemos en el endeudamiento, en la sostenibilidad de los sistemas públicos de pensiones, en la precariedad laboral de jóvenes altamente cualificados o en la imposibilidad de planificar un proyecto vital estable. Si no se piensa a largo plazo, se hipoteca el futuro de quienes vienen detrás.

¿Cree que falta valentía para abordar esos debates incómodos?

Falta voluntad política y también falta cultura del debate. Tomar decisiones impopulares exige explicar bien los problemas, asumir costes a corto plazo y pensar en el bien común a largo plazo. Eso solo es posible si existe una ciudadanía formada y acostumbrada a debatir con rigor. Sin ese marco, todo se reduce a mantener apoyos coyunturales aunque el sistema se deteriore.

El crecimiento reciente de sus proyectos coincide con este reconocimiento. ¿Cómo gestionan ese momento?

Con mucha prudencia. El crecimiento es positivo, pero también implica una mayor exigencia. Cuando más personas se suman, mayor debe ser el rigor intelectual y la responsabilidad. Este premio nos anima, pero también nos obliga a elevar el nivel del debate, a ser más autocríticos y a no caer en la complacencia.

¿Percibe un cambio de actitud entre los jóvenes respecto a expresar sus ideas?

Sí, claramente. Cada vez hay más jóvenes que pierden el miedo a hablar, a debatir y a defender sus ideas con argumentos. Se está rompiendo una especie de espiral del silencio que durante años ha llevado a muchos a callar por evitar conflictos. Ese cambio es positivo, siempre que vaya acompañado de formación, respeto y voluntad de escuchar al otro.

Para quienes observan la vida pública con escepticismo, ¿qué mensaje lanza este premio?

Que implicarse merece la pena. Que el trabajo intelectual, la formación y el compromiso cívico tienen recorrido, aunque no siempre sea inmediato ni visible. Que la Libertad es uno de los valores supremos que tenemos y que merece la pena defenderla, que, junto a la familia, la propiedad y la fe son las bases de una sociedad destinada a prosperar y a triunfar. Y que no es necesario caer en la polarización permanente para influir. Hay una forma más constructiva de participar en la vida pública: a través del pensamiento, la palabra y el debate honesto.

Para terminar, ¿qué le gustaría que el lector retuviera tras esta entrevista?

Que este premio no es un punto de llegada, sino un estímulo para seguir trabajando. Representa la defensa del debate como herramienta fundamental para construir una sociedad mejor. Frente al ruido, la simplificación y la confrontación estéril, sigue existiendo un espacio para la razón, la conversación y el pensamiento crítico. Ese espacio es el que merece la pena proteger si queremos un futuro con certidumbre y prosperidad.