Al hilo de las tablas

Julio Robles

Hoy se cumplen veinticinco años de aquel fatídico domingo de comienzos del año 2001, día en que el torero charro Julio Robles falleció a la edad de 49 años. Tras una larga década, postrado por la tetraplejía causada por una tremenda voltereta, sufrida en la plaza francesa de Beziers. 

Aún sigue vivo en el recuerdo de mil lances anecdóticos, de tantos que le conocieron y le trataron con cercanía. No es raro todavía, en fotos colgadas de las paredes de bares y restaurantes, sobre todo de la provincia de Salamanca, tropezar su corte clásico, su plasticidad, la expresión de un gesto, que no hacen dudar de un hombre con agallas sobradas para hacer un torero pleno de conexión en los tendidos, hasta hacer soñar a propios y extraños.  Aunque nació en la abulense localidad de Fontiveros, creció en La Fuente de San Esteban, en pleno campo charro, lugar que le hizo torero; sin perder de vista al pueblo de sus padres, Ahigal de los Aceiteros, en las Arribes del Agueda y toda su comarca. Allí volvía siempre, al abrigo de parientes y amigos de tan entrañable tierra, batiéndose el cobre en interminables jornadas de caza y fiesta.  

Tuvo su casa durante una década en Ciudad Rodrigo, en aquellos años, en los que daba la razón a todos aquellos que afirmaban eso de “apunta, pero no dispara”. Años de pasar con su Mercedes gris plateado, hacía la cercana localidad de El Bodón, hacia las ganaderías de Andrés Ramos o El Raboso. Que tanto se aportaron mutuamente.  Con los triunfos y su absoluta subida de peldaño en el escalafón, llegó su definitivo cambio de residencia en su finca en las inmediaciones de Vecinos. Allí empezó a colmar sus aspiraciones en la difícil travesía del toreo. Con intensa vivencia en tantas zonas de la provincia de Salamanca, que le calificaron como un charro hasta la médula, condición que paseó por más de medio mundo. 

Un cuarto de siglo, después de su muerte revive su memoria con su eterno temperamento y gallardía, para salir a la palestra, la noche de carnaval que echaron una vaca gorda de Paco Galache y la toreó mientras que su flamante Mercedes tapaba una de las bocacalles de la plaza de la cuna de la charrería: Villavieja de Yeltes. O la tarde de agua en que volviendo para Ciudad Rodrigo, con dos amigos paró a torear una becerra de su amigo Mariano “el de Balborraz”, mientras era grabado, por una primitiva cámara de video de hace más de cuarenta años. O aquel día de herradero, donde Ángel “el de Serradilla” que le encerraron unas vacas viejas y toreadas; y al verlas en la corraleta de la plaza de tientas, escogió la única que no se había arrancado al trallazo que les había pegado con el capote, desde lo alto de la pared. Para después torearla a placer, y dejársela a sus amigos.  Así es la vida de ese Julo Robles, que a fuerza de vivir intensamente, sigue vivo, así hayan pasado veinticinco años.