Quiero comenzar este pequeño artículo con la frase siguiente, en la que dice: “Respecto a la fiesta de los toros, de ella todo me entusiasma, solo que a mí me parece que la mayoría de los asistentes a este espectáculo no entienden una jota de toros, los críticos menos que el público, los toreros menos que los críticos y también menos que el público, yo creo que el único que entiende de toros es el propio toro”
Estas palabras fueron pronunciadas, nada más ni nada menos que por Don Ramón María del Valle-Inclán, el inmortal escritor gallego (Puebla de Caramiña, La Coruña, 1870-1936), que su arte literario lo compartió con mezcla de humor y tragedia, caricatura y retrato, rítmico y sonoro. Nunca dudó de situar al mundo taurino entre las grandes virtudes del modernismo, a lo que le llamó, el ruedo ibérico.
Como dicho escritor, ha habido y sigue habiendo grandes e ilustres personajes de todo género artístico y cultural que siempre apostaron por los toros, entre otros: Tirso de Molina, Goya, Mariano de Cavia, Benlliure, Galdós, Falla, Lorca, Alberti, Márcele Aucleir, Pérez de Ayala, Ortega y Gasset, Pedro Salinas, Bergamín, Picasso, Aleixandre, Orson Wells, Pemán, Botero, Vargas Llosa, Amorós o Távora, casi nada la nómina de intelectuales universales y entusiastas, defensores del mundo taurino.
No quiero quitar la razón a nadie, ni mucho menos pretender de alimentar a otros. Pero todavía existen personas que no tienen el mínimo conocimiento sobre la tauromaquia, ni de sus profundas raíces culturales. Esto es la realidad.
Centrándonos un poco en lo dicho, en todas épocas, como todos sabemos, existieron y existen personas, unos afines y otros detractores, que ignoran que es la fiesta de los toros, de su grandeza, de su historia, de sus conceptos, de sus consecuencias, así como de la aptitud artística de unas pocas personas privilegiadas que son capaces de enfrentarse a un toro bravo hasta vencerlo. En la actualidad nos encontramos con mucha gente que la comprende, la admira, la siente, la mantiene.
Nuestra fiesta taurina, la sustenta básicamente dos pilares, que son: torero y toro. Ellos son los principales protagonistas, los que misteriosamente se enfrentan, invencible e inevitable, creando arte. Si faltase alguno de los dos, no hay espectáculo, no hay fiesta, no hay éxito, no hay arte, no hay cultura, no hay tragedia.
Con el transcurrir del tiempo, el toreo ha ido cambiando progresivamente en todo lo humano, seleccionando mejor las reses bravas en las ganaderías, a un animal salvaje que mediante engaños se deja torear por la destreza del lidiador, suavizando su embestida. Es menos agresiva que los antepasados toros, por lo tanto, se puede llevar a cabo mejor las continuadas y vistosas series que concierne a una lidia, sin dejar de tener peligro.
Los toreros también artísticamente han evolucionado notablemente, en buena parte a las existentes escuelas taurinas, las que imparten clases de formación a los alumnos, tanto teóricas como de prácticas, que luego vierten esa enseñanza en las plazas con gran brillantez y técnica, cada cual con su estilo o arte particular.
Tiempos atrás, eran los maletillas y espontáneos que, de pueblo en pueblo, de capea en capea, los que tenían que abrirse camino con mil fatigas para esta difícil y arriesgada profesión, algunos marcaron su sello propio, otros revolucionaron la fiesta, y otros formaron grandes dinastías toreras, pero también muchos quedaron estancados en la mitad de sus ilusiones.
A pesar de ello, con todas las transformaciones que ha tenido la tauromaquia, nunca ha dejado de ser un espectáculo que se inició hace siglos para conmemorar efemérides y fechas relevantes, centrado con los acordes y valores del torero para vencer a una fiera mediante ardiles, requiriendo para eso una connotada inteligencia para contener a la res indómita, valentía para enfrentarse a ella, capacidad para dominarla, y como no, estética para crear arte y emoción ante el peligroso animal. Todo ello, dentro de un ritual histórico que involucra al toro como parte directa de una obra llena de sentimiento.
Lógicamente, para toda la cuestión en sí, el torero debe percatarse de inmediato del comportamiento e intenciones que vaya desarrollando la fiera durante su lidia, anteponiéndose, cada uno con su técnica a todas sus acciones y dificultades. De esa manera podrá transmitir y emocionar al público con su sabiduría, estilo, y sobre todo mucho valor.