Un año más mi querido pueblo, el entrañable Ciudad Rodrigo, anunciaba el Carnaval a bombo y platillo. Meses de trabajo por parte de peñas, asociaciones e instituciones varias, con el ayuntamiento a la cabeza; preparaban con el más cariñoso de los empeños, de nuevo el Carnaval del Toro. El viernes anochecía metiéndose en agua, el pregón de fiestas a cargo de Alejandro Talavante, tuvo como telonera una gran cortina de lluvia. Al salir del Teatro Nuevo, con la satisfacción de haber escuchado una gran disertación del matador extremeño, veíamos como la noche se había despejado. Con lo cual se aseguraba la apacible celebración, de la ruidosa, festiva y multitudinaria capea nocturna, cinco minutos después de las doce de la noche.
Recortadores y capas volverían a dar fiesta a dos pavos imponentes, con la algazara propia del primer día de fiesta. Pero cuando la capea terminaba, todas las sonrisas se helaban, a la vez que saltaba la fatal noticia de que un hombre resultaba brutalmente corneado; llegando a la mesa del quirófano, con tan importantes lesiones, que se hacían incompatibles con la vida. Trágico lance que nos hace ver el dolor colectivo, que hay detrás de la fugaz noticia de una muerte de un hombre en el fragor de una capea o un encierro.
De nuevo la vida y la muerte convivan de forma feroz y definitiva, esta vez en un hombre del pueblo, en el lugar donde había estado en las capeas a lo largo de su vida; en la acción de escapar de la jurisdicción del toro, para llegar al burladero donde se refugiaba siempre. Allí encontró una muerte con la que nunca se cuenta, pero que siempre existe. Setenta y un años lozanos y frondosos, de los jubilados de ahora, con un feliz tramo de vida por delante; quedaron clausurados por una muerte tan imprevista, como tajante. Porque el toro es fiesta, preñada de vida, y risa inundada de tragedia. En el toro nada es absolutamente imprevisible, y de vez en cuando saca su cara más trágica.
Esta vez, en un hombre que disfrutaba cada día con sus amigos de siempre, en su pueblo y el mío, en amable convivencia con todos. Una muerte singular, que obliga a seguir dándole importancia al toro, y nos obliga a darle a la vida, el supremo valor que tiene. A la vez que lanzamos nuestro lamento al cielo, clamando con el genio de Úbeda, su deseo de que “ser valiente no cueste tan caro y ser cobarde no valga la pena”
El impacto de la muerte de Taquio, que así era nombrado por todo su entorno cercano, nos hace ver que un fallecimiento en una capea, no es una muerte menor, tampoco un accidente sin más; es la consecuencia de un vivir apasionado que a veces te lleva a pisar líneas rojas, sin acabar de darte cuenta, que lo estás haciendo. Es asumir que sin vida no hay muerte, pero que sin muerte no hay no hay vida. Este infeliz final que ha copado los medios de comunicación en medio del invierno, cuando estamos acostumbrados a tener estás noticias con los calores de agosto y septiembre, y en “un pueblo donde echan unos toros muy grandes”, nos vuelve a poner sobre aviso de que lo grande se puede tornar trágico, y de que vida y muerte bailan un mismo son. Desde mi fe cristiana, confío que Taquio sea acompañado eternamente por infinito son de la vida.