Río de Janeiro fue nombrada así por exploradores portugueses (generalmente atribuido a Gaspar de Lemos o Américo Vespucio) al descubrir la bahía de Guanabara el 1 de enero de 1502. Confundieron la bahía con la desembocadura de un río, llamándola “Río de Enero” en Portugués. “Reflejando el mes del descubrimiento”. Posteriormente, fue fundada oficialmente como Cidade de Sao Sebastiao do Rio de Janeiro (1565), en homenaje al rey Sebastián 1 de Portugal.
Río de Janeiro siempre fue la ciudad de mis sueños por muchas razones. Pero en especial, porque cuando caminaba por sus calles me imaginaba al lado de una de esas mujeres hermosas de cuerpos dorados por el sol de Ipanema, aunque lo más cerca que estuve de ellas fue cuando me iba a la cama y me dormía escuchando la canción de Vinicius de Moraes y Tom Jobim.
Ah, se ela soubesse que quando ela passa
O mundo inteirinho se enche de graça
E fica mais lindo por causa do amor
No perdía la esperanza de hallar a mi Garota De Ipanema. Por eso me hospedé en una calle cerca de la famosa playa, donde sentí por primera vez en ese viaje el deseo de quedarme en un sitio para toda mi vida.
La playa era vibrante, siempre con gente jugando al futvóley. Era todo un espectáculo ver como tiraban el balón por encima de la red con sus piernas, la cabeza y el pecho, y como pasaban las horas dando toques con el pie en un corro sin dejar caer la pelota. Hombres y mujeres enseñaban sus cuerpos atléticos, como ofreciendo culto al cuerpo humano. Parecían esculpidos como el David de Miguel Ángel.
Mientras hacían ejercicios, el paisaje urbano se fundía en una metrópoli rodeada de edificios, junto a una naturaleza exuberante, con el verde de las montañas, sus bahías y el mar. Aquel día en la playa fue mágico, pero no hallé a mi Garota de Ipanema.
Cada vez que paseaba por la calle comercial Vizconde de Pirajá, encontraba un lugar agradable para conocer gente, lleno de cafés, tiendas, boutiques y librerías. Detrás de mí, contiguo al área comercial, pensé que podría encontrar mi sueño de amor –mi mujer amada-, porque, cuando veía a las hermosas cariocas corriendo, patinando o andando en bicicleta por los senderos y ciclovías alrededor de la laguna Rodrigo de Freitas, sentía estar en un paraíso. Las veía también paseando con sus mascotas, caniches y pitbulls, con una suave indiferencia, con sus cuerpos bronceados y audífonos inalámbricos puestos.
Al rato me sentaba en las bancas del entorno de la laguna y admiraba a las mujeres que salían del hipódromo con el conjunto de jinete puesto, el polo de manga corta y las mallas de equitación ajustadas. A cada poco una barquita de pedales en forma de cisne me enseñaba su pico, llena de niños felices que no se querían bajar de ella. El remar de los piragüistas entrenados ondulaba el agua mansa de la laguna. Miraba aquellas crestas, el Morro Dois Irmãos, la Pedra da Gávea, el Corcovado, cada una de esas bellezas eran postales, espectaculares ventanas de una ciudad llena de magia, de mujeres bellas, cuerpos contorneados, sol, playas; pero también de una exuberancia natural que daba la sensación de estar en la tierra de los dioses del mar.
Alrededor de la laguna, contorneando los cerros, Gávea, Jardín Botánico, Laguna, Ipanema y Leblon, que me mostraban el rostro de los cariocas gozosos y festivos, donde transcurría mi vida cotidiana en el sur de Río.
Caída la tarde, cuando me dirigía al Jardín de Alá (Parcão do Jardim de Alah), un parque situado en la divisoria de los barrios de Ipanema y Leblon, y que conecta la laguna con el océano, un nuevo espectáculo natural se mostraba ante mí: un sol apasionado se iba diseminando en el cielo.
Después me dirigí a los locales de jugos y comidas de “buteco”, que están en la calle en busca de alguna comida ligera o tentempié. Allí conocí a Ana Paula, quien estaba al lado mío comiendo algo parecido a una croqueta gigante.
Le pregunté qué era aquello, solo para establecer un contacto.
—Son coxinhas: el aperitivo de pollo o carne deshebrados envueltos en una masa frita y dorada de diferentes rellenos sazonados— respondió. ¿Me dices que no sabes lo que es? ¿Acabas de llegar a río?
—Sí, llegué hace poco. No me queda muy claro lo que es, pero están riquísimos — respondí mientras los probaba.
Permanecimos de pie mirándonos sin decir nada más. Por un momento sentí que había encontrado esa mujer que ni yo mismo sabía por qué estaba buscando, pero luego de tomar un zumo de sandía, comer más coxinhas, pao y bolinha de queijo, y conversar sobre los bares de moda para escuchar música en vivo y del Vinicius, el templo de la bossa nova, me di cuenta de que era hora de despedirme. La cosa no pasaría de una charla entre una carioca y un turista que estaba buscando adónde ir.
Antes de despedirnos ella me habló de lugares fuera del área en la que nos encontrábamos, y fue cuando me dijo que podía ir al centro histórico de la ciudad, Pedra do Sal, donde nació la samba, o también podía ir a los ensayos de la Escuela Académicos do Salgueiro. Río está llena de encantos, me dijo Ana Paula, podrás ir a cualquier lugar.