Tejidos

El reto del enigma

En la Grecia arcaica, el culto de Apolo en Delfos, con su duplicidad de acción violenta y acción benévola, que vienen simbolizadas por el arco y la lira, hace que la palabra del dios se exprese a través del oráculo, cuyo desciframiento revela la conexión entre adivinación y enigma, entendido éste al principio como fondo religioso, del cual nos hablan tanto los Upanishad indios (“Porque a los dioses les gusta el enigma, y les repugna lo que es manifiesto”), como el mito tebano de la Esfinge, resuelto por Edipo. Tal mito, que persiste en la tragedia como una lucha por el conocimiento, hace que el enigma se desprenda de su fondo religioso y se incorpore al esfuerzo humano por alcanzar la sabiduría, conservando su antigua forma contradictoria. Así lo vemos tanto en Platón (“el enigma aparece cuando el objeto del pensamiento no va expresado por el sonido de las palabras”, según un pasaje del Carmides), como en Aristóteles (“El concepto del enigma es éste: decir cosas reales juntando cosas imposibles”, dice en la  Poética), donde se subraya la paradoja del enigma, su contradicción interna, mediante la metáfora. En ambos casos, la pasión por lo oculto, propia del enigma, va seguida de una luz interior, cuya proyección especular, expuesta por san Pablo (“Vemos ahora a través del espejo en el enigma; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; entonces conoceré así como soy conocido”, I Cor., XIII, 12), y seguida por san Agustín en el capítulo IX del libro XV del De Trinitate, al hablar de la “obscuridad alegórica”, no se limita a señalar la precariedad de lo literal, sino que muestra lo invisible del sentido, su absoluta  imposibilidad.

En el ámbito artístico, el misterio del enigma se revela en la página en blanco de la escritura. Su sentido irrenunciable, casi siempre secreto, nos hace emprender un viaje al mundo oculto de los dioses. Tal vez por eso, lo enigmático aflora con especial intensidad en épocas donde la vida está dominada por la simulación, como sucede en el barroco, donde el cultivo de la apariencia resulta insuficiente (“Las cosas no pasan por lo que son, sino por lo que parecen; son raros los que miran por dentro, y muchos los que se pagan de lo aparente. No basta tener razón con cara de malicia”, dice Gracián en el aforismo 99 del Oráculo manual), tratando de contraponer la realidad superficial a la interior, que sólo puede ser entrevista por medio de la ilusión. Algo de esta confusión entre lo real y lo aparente se da en la poesía de Góngora y se prolonga después entre los simbolistas, que tienden a reconstruir el sentido originario del lenguaje. Desde entonces, el fondo indestructible del sentido no deja de revelarse en la superficie de la expresión, convirtiéndose ésta en acontecimiento del lenguaje, como vemos, primero en el segundo Spleen de Baudelaire, donde la vieja figura de la Esfinge aparece como doble del sujeto poético, y después en Heidegger, donde el pensar se revela como salida al encuentro de algo (“El pensar sigue los surcos que traza en el lenguaje”). De este modo, decir significa a la vez retener y comunicar, que son también las dos cualidades atribuidas al enigma, pues en él están presentes tanto la pregunta insondable como la oscuridad de la respuesta. El enigma sólo habla para mostrar algo (“El señor a quien pertenece el oráculo que está en Delfos no afirma ni oculta, sino que indica”, había dicho Heráclito), de manera que este estar atento a lo oscuro, propio del enigma, tiene que ver con todo lo que el lenguaje puede decir. Y como lo que está oculto se refiere a algo que puede aparecer en cualquier momento, lo enigmático va unido al sentido de lo misterioso, a la recuperación de la pregunta por el ser, que en esto consiste su desafío, pues lo que hace la palabra poética, que acoge algo que la sobrepasa, es permanecer abierta a lo desconocido, mostrarse como algo que está a salvo de lo habitual. En poesía, el objeto de meditación es la Esfinge y el reto del poeta es resolver su enigma.