Fronteras desdibujadas

Carnaval en la Palma, celebración de Los Indianos

El lunes 16 de febrero, Santa Cruz de La Palma volvió a convertirse en un teatro inmenso al aire libre. Cerca de setenta mil personas vestidas de blanco tomaron las calles en la celebración del Día de Los Indianos, esa ceremonia popular que no es solo fiesta: es memoria escenificada. Talco en el aire, sombreros de ala ancha, trajes impolutos, abanicos, baúles simbólicos. Y en medio de esa marea blanca, la irrupción del color: Sosó, palmero de 86 años, encarnando a la Negra Tomasa, vestida de rojo, amarillo y azul, vital, desbordante, atravesando la multitud como un recuerdo que se niega a desaparecer.

Los Indianos representan aquellos canarios que emigraron a América —a Cuba, a Venezuela, a Puerto Rico y otros destinos— y regresaron con fortuna real o imaginada, cargados de nostalgia, de acentos mezclados y de historias imposibles. Se lanzan polvos de talco que evocan los sacos de harina reventados en los muelles, símbolo de abundancia, de prosperidad traída de ultramar. El gesto es lúdico, pero la raíz es profunda: la isla que despide y la isla que recibe; la pobreza que empuja a partir y el sueño que promete volver.

Mi madre es canaria. Mi padre, cubano. Yo nací en Venezuela. Mi biografía —como la de tantas familias isleñas— está hecha de aeropuertos, barcos y despedidas que no terminan nunca de cerrarse. No lo vivo como fractura, sino como herencia. Canarias no es solo territorio: es bisagra. Es el punto exacto donde Europa, África y América se dan la mano sin pedir permiso.

Históricamente, el archipiélago fue escala obligada en las rutas atlánticas desde el siglo XV. También fue territorio de partida para miles de isleños que, durante los siglos XIX y XX, cruzaron el océano hacia el Caribe y América Latina buscando trabajo, dignidad o simplemente supervivencia. Venezuela recibió una de las comunidades canarias más numerosas; Cuba también. El acento isleño se fundió con el caribeño hasta volverse casi indistinguible. Las islas sembraron gente; América devolvió hijos y nietos.

En ese tejido aparece la Negra Tomasa. No es una figura histórica documentada como individuo concreto, sino un personaje simbólico del carnaval palmero que representa la huella afrocaribeña en la identidad canaria. La presencia africana en Canarias no es anecdótica: desde el inicio de la expansión atlántica hubo población africana en las islas, y la relación con el Caribe intensificó esos lazos culturales. La Tomasa, popularizada también en la música cubana, encarna la alegría, la sensualidad y la fuerza de la mujer negra y mestiza. Es memoria africana filtrada por el Caribe y devuelta a La Palma en forma de color. Por eso su traje rompe el blanco absoluto de los Indianos: porque recuerda que el Atlántico no fue solo comercio y fortuna, sino también esclavitud, mezcla forzada, resistencia y cultura.

Canarias es tierra de acogida. Lo fue para quienes regresaban con acento americano. Lo es hoy para quienes llegan desde África en pateras frágiles buscando futuro. Y aquí la fiesta convive con la complejidad. La migración masiva plantea desafíos reales: presión sobre servicios públicos, tensiones sociales, debates políticos encendidos. Ser tierra de acogida no significa ignorar los problemas, sino afrontarlos con humanidad y estructura. La historia isleña debería enseñarnos algo: casi todos hemos sido migrantes en algún momento.

El mestizaje no empobrece. Enriquece. Culturalmente, amplía la mirada; biológicamente, la diversidad genética suele asociarse a mayor variabilidad inmunológica y menor incidencia de ciertas enfermedades propias de poblaciones aisladas. La ciencia habla de “vigor híbrido” para describir cómo la mezcla de linajes distintos puede fortalecer una población. Pero más allá de los términos técnicos, basta mirar las calles de Santa Cruz cubiertas de talco: setenta mil personas representando el acto de irse y volver como si fuera una coreografía colectiva. Cada una interpreta un papel, pero todos comparten la misma intuición: la identidad no es pureza, es cruce.

Cuando el talco cae como niebla blanca sobre los balcones coloniales, pienso que soy encarnación de ese mestizaje atlántico. No excepción, sino continuidad. Somos hijos del polvo que se levanta cuando algo estalla: una guerra, una crisis, una esperanza. Y de ese polvo —como del volcán— nace tierra fértil.

El Carnaval de La Palma no es solo celebración: es pedagogía simbólica. Es una isla que recuerda que partir y regresar forman parte de la misma continuidad histórica. Es un pueblo que, vestido de blanco, acepta que la identidad es tránsito. Y quizá por eso, mientras la Negra Tomasa avanza entre la multitud y el talco borra contornos, comprendo que Los Indianos son también un acto colectivo de desdibujar fronteras.