Los alegres funerales de Alik es una novela donde confluyen símbolos que revelan al lector la angustia de los personajes allí presentes, envueltos en una atmósfera sofocante de calor (porque el aire acondicionado nunca funcionó, lo que plantea la inoperancia del sistema estadounidense frente a las necesidades básicas del pueblo) y por la incertidumbre de la inminente caída de la URSS. Podemos inferir como primer símbolo a las ciudades de Nueva York y Moscú; en la novela de Liudmila Ulítskaya, estas funcionan como una prosopopeya que describe de forma magistral virtudes, defectos y costumbres psicológicas. Este sustrato inmaterial también se desarrolla en las urbes, dotándolas de vida y convirtiéndolas en personajes vitales de la obra.
El otro símbolo es el exilio, reflejado en los personajes que conviven junto al lecho de muerte de Alik. Para contextualizar lo particular de este exilio, hay que rememorar los extrañamientos de las generaciones anteriores. La primera ola fue provocada por la Revolución de 1917 y la Guerra Civil; esta migración fue de carácter aristocrático y militar. La segunda ola se dio entre prisioneros de guerra y desplazados como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. La tercera ola fue predominantemente de intelectuales y artistas. Las personas que rodean a Alik en su lecho de muerte, y el propio Alik, son parte de esta tercera ola migratoria.
La novela transcurre en agosto de 1991. En un pequeño apartamento de Manhattan, un artista, Alik, abandonado a su destino trágico por una enfermedad degenerativa, se prepara para morir. A su alrededor, un grupo de amigos que lo acompaña sirve como mediador de un “ritual de paso” y de un acto liberador para su alma. Al mismo tiempo, los televisores transmiten en vivo el intento de golpe de Estado en Moscú contra Mijaíl Gorbachov, evento determinante para la disolución de la Unión Soviética. Esta novela narra de forma magistral dos agonías paralelas: la de Alik y la de la URSS, lo que convierte la muerte biológica y la de un sistema de gobierno en una extraña sensación de alivio.
El cuerpo de Alik se convierte en un territorio de disputa religiosa. Este cuerpo deteriorado es el epicentro de una tensión identitaria. Nina, preocupada por su alma, le pide que acepte el bautismo bajo la fe del cristianismo ortodoxo. Asimismo, la comunidad judía que acompaña a Alik defiende que este conserve sus raíces judías como forma de preservación de una identidad pulida por el tiempo y las costumbres. El cuerpo, a medida que avanza la enfermedad, se vuelve un objeto pasivo donde los demás proyectan sus angustias existenciales, culpas y necesidades de redención. Ocurre lo mismo con la agonizante URSS: al verla desmoronarse, todos se reconocen de alguna manera en ese país en pedazos. Finalmente, la autora logra sugerirnos que la muerte, a pesar de ser una realidad dolorosa, es al mismo tiempo un paso necesario para alcanzar la libertad.