El Papa León XIV firmó el viernes el decreto que reconoce el martirio del sacerdote Francisco González de Córdova y de otros 79 compañeros, quienes perdieron la vida por su fe en la diócesis de Santander entre 1936 y 1937. La aprobación oficial se materializó tras la audiencia privada mantenida entre el Santo Padre y el prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, el cardenal Marcello Semeraro, a escasos días de que el Pontífice emprenda su viaje oficial a territorio español.
El dictamen emitido por la Santa Sede contextualiza de forma explícita que este grupo de futuros beatos se inscribe dentro de la crudeza de la Guerra Civil española y la consiguiente ofensiva contra los miembros de la Iglesia católica. El informe del dicasterio documenta la brutalidad de las ejecuciones sufridas en el frente cántabro, detallando que algunos de los represaliados "fueron arrojados al mar con las manos y los pies atados y una piedra sujeta al cuerpo", mientras que otros desaparecieron a bordo del tristemente célebre buque-prisión Alfonso Pérez, fueron asesinados y quemados en represalias, o perecieron encerrados. En el desglose eclesiástico del grupo se contabilizan 67 sacerdotes diocesanos, tres religiosos de la orden de los carmelitas, tres seminaristas y siete fieles laicos.
El heroísmo en el buque-prisión 'Alfonso Pérez'
La documentación vaticana eleva la figura del clérigo Francisco González de Córdova como el estandarte de esta causa de canonización, ensalzando su "gran fidelidad hacia las personas a las que acompañaba en su ministerio sacerdotal" en la parroquia de Santa María del Puerto, ubicada en la localidad de Santoña. Según relata el acta eclesial, el presbítero declinó explícitamente la posibilidad de huir de la región a pesar de las prohibiciones gubernamentales que pesaban sobre la celebración de la eucaristía y la administración de los sacramentos.
Tras ser capturado por las milicias, González de Córdova fue confinado en las bodegas del barco Alfonso Pérez, habilitado como centro de reclusión flotante en la bahía de Santander. El Vaticano subraya que, lejos de amedrentarse, el sacerdote continuó confesando a los reclusos y dirigiendo el rezo diario del rosario en el encierro. "Cuando es llamado para la ejecución, pide ser el último para poder absolver y bendecir a sus compañeros de cautiverio. Tenía 48 años", pormenoriza el escrito pontificio sobre sus últimos momentos de vida.
Declarada venerable la abadesa vasca María Ana Alberdi
En el transcurso de la misma audiencia con el cardenal Semeraro, el Papa León XIV ha autorizado también el decreto de virtudes heroicas que declara "venerable" a la madre María Ana Alberdi Echezarreta, una monja concepcionista franciscana nacida en el País Vasco en 1912. Alberdi, que quedó huérfana de padre y madre a los siete años y tuvo que incorporarse tempranamente al mercado laboral, profesó sus votos solemnes en Madrid en 1936, justo antes del estallido de la contienda, lo que la obligó a abandonar temporalmente el monasterio tras la dispersión de la comunidad.
Una vez restablecida la paz, la religiosa regresó a la disciplina conventual, donde ejerció como maestra de novicias antes de ser elegida abadesa de su comunidad en 1953, cargo que revalidó sucesivamente durante décadas. La Santa Sede ha ensalzado de forma muy especial su labor de pilotaje y templanza durante la compleja transición institucional que supuso la aplicación de las reformas del Concilio Vaticano II y la consiguiente revisión de las Constituciones de la Orden. La monja, cuyo lema vital fue "hacerse santa amando", falleció en 1998 tras arrastrar una larga y dolorosa enfermedad.
"Demos gracias a Dios por la vida y el testimonio de nuestros mártires. Pidamos su intercesión por nuestra querida Diócesis de Santander, para que seamos una verdadera familia y podamos dar abundantes frutos de amor y de esperanza", ha manifestado monseñor Arturo Ros, obispo de Santander, al conocer la noticia.