El prospecto es, probablemente, el texto más distribuido y menos leído de nuestra sociedad. Millones de ejemplares circulan cada día dentro de las cajas de medicamentos, impresos con esmero tipográfico, revisados por autoridades sanitarias y sometidos a estrictas normas de legibilidad. Y, sin embargo, una parte considerable de los pacientes no los lee, o lo hace de manera fragmentaria, como lo demuestran varios estudios observacionales. La paradoja merece atención.
La primera razón es sencilla: la rutina. Cuando un medicamento forma parte de la vida cotidiana, el paciente tiende a confiar en la experiencia previa y en la indicación profesional. El prospecto se convierte entonces en un papel innecesario, casi decorativo.
Existe también un motivo menos confesable, pero muy humano: el temor. La sección de reacciones adversas es la más consultada y, al mismo tiempo, la que más inquietud provoca. La enumeración exhaustiva de posibles efectos adversos, incluso aquellos extremadamente raros, puede resultar abrumadora. No es extraño que algunos pacientes prefieran no leer para evitar sugestiones negativas. Aquí aparece el llamado efecto nocebo: la expectativa de daño puede aumentar la probabilidad de percibirlo, e incluso hay personas que lo experimentan, solo por causas psicológicas. En esas personas con tendencia hipocondríaca, la lectura del prospecto puede convertirse en una experiencia casi angustiosa.
Por otra parte, la información es completa, pero no siempre amable. El equilibrio entre precisión jurídica y claridad comunicativa es complejo. Un texto pensado para cubrir todas las contingencias, y evitar reclamaciones, rara vez resulta atractivo.
Modificar estos hábitos no es sencillo. La educación sanitaria ayuda, sin duda, pero la conducta de lectura está condicionada por factores emocionales, culturales y prácticos. La implantación de códigos QR como eventual sustitución del papel – algo que se discute en Europa- añade una capa adicional de dificultad. En personas mayores o en entornos con limitada conectividad, el papel sigue siendo un soporte accesible y tangible. Además, la inmediatez del folleto físico invita a una consulta rápida; el QR exigiría un paso intermedio que puede desincentivar su uso.
En este contexto, resulta sugestiva la mirada literaria de Juan José Millás, quien ha visto en los prospectos una fuente de inspiración, o al menos eso dice. Su capacidad para convertir la enumeración de síntomas y advertencias en material narrativo revela que incluso los textos más áridos pueden contener propuestas creativas. Tal vez esa observación nos recuerde que el prospecto no es solo un documento técnico, sino también un reflejo de nuestras fragilidades y temores.
En definitiva, no se leen los prospectos por rutina, por miedo o por exceso de confianza. La solución no pasa únicamente por cambiar el soporte, sino por comprender mejor cómo las personas se relacionan con la información sanitaria. Entre la prudencia y la serenidad, el prospecto debería ocupar un lugar equilibrado: ni oráculo alarmante ni papel olvidado en el fondo de la caja. Y si usted es más bien hipocondriaco, no lo lea. O si, para poder echar a alguien la culpa de sus males.