La poesía de Álvaro Miranda desafía las categorizaciones simples; no obstante, existe un consenso crítico en inscribir su obra dentro del neobarroco. Para comprender esta filiación, es imperativo rescatar la herencia del siglo XVII, particularmente la estética del horror vacui o “miedo al vacío”, donde el exceso no es mero adorno, sino una respuesta vital. En la obra poética y novelística de Miranda, este barroquismo se manifiesta a través de una tensión constante entre la dualidad y el desengaño, empleando recursos del culteranismo y el conceptismo para resignificar la realidad. Así, el neobarroco no es solo un retorno estilístico, sino un acto de “resucitar del reino de Hades” la complejidad barroca para confrontar, desde la sombra y el artificio, las fisuras de la modernidad.
En la obra de Álvaro Miranda, el horror vacui opera como una resistencia al silencio —tan venerado en la lírica contemporánea— para proponer, en su lugar, una estética de la saturación. Este desborde no debe confundirse con un “ruido blanco” o una estridencia vacua; es, por el contrario, un territorio de acumulación fértil donde el exceso deviene armonía. Miranda no intenta domesticar el caos inherente a la experiencia caribeña, sino habitarlo y dotarlo de una arquitectura propia mediante el ritmo. Se trata de la instauración de un orden no lineal: una plenitud vital donde el artificio y el exceso controlado se convierten en la única vía posible para cartografiar la complejidad de lo real.
Una marca distintiva de la exageración estética en Álvaro Miranda es la extensión hiperbólica de sus títulos, que pueden alcanzar las cien palabras. En su poemario Indiada, estos títulos funcionan como un propileo que prepara al lector para un universo híbrido donde lo mítico y lo épico se entrelazan. En este reino —donde, como afirma Miranda, la simulación es un recurso metafísico— el artificio no busca el engaño, sino que surge como respuesta a la historia oficial del Caribe, entendida esta como una ficción impuesta. Miranda emplea el simulacro para disolver la cronología lineal y acceder al territorio de las verdades poéticas. Es allí donde lo grotesco, lo irónico y lo cómico convergen, permitiendo que el poema recupere las voces subalternas que la historiografía formal decidió ignorar.
Frente a la tendencia contemporánea hacia el minimalismo, la poética de Álvaro Miranda se erige como una subversión contra un silencio que, a menudo, encubre el facilismo. En su obra, el neobarroco no es un “disfraz” de virtuosismo gramatical, sino una postura política y existencial: una herramienta para legitimar el caos inherente a la cultura del Caribe. Miranda desconfía de la linealidad de la Europa racionalista, cuyo código estético resulta insuficiente para cartografiar la pluralidad caribeña En este sentido, su obra practica una antropofagia cultural: no imita el barroco español, sino que lo “devora” para metabolizar sus formas y devolver una estética mestiza que utiliza el lenguaje del colonizador como vehículo de resistencia. Miranda exige la metáfora desbordada para que el poema sea tan exuberante como el cuerpo-territorio al que pertenece, reafirmando que en el Caribe la abundancia es la única forma de verdad.
Álvaro Miranda navega a contracorriente. En una sociedad habituada al consumo de textos “limpios” y diseñados para la digestión instantánea del algoritmo, su poesía se yergue como una muralla de complejidad. Aquí surge la verdadera polémica: ¿es la legibilidad absoluta una forma de sumisión cultural? Mientras la tendencia contemporánea persigue una “poesía democrática” que no ofrezca resistencia, Miranda impone una aduana de castellano arcaico y sincretismo desbordado. No lo hace por elitismo, sino por fidelidad a una realidad caribeña que es, por naturaleza, ilegible desde la lógica de la eficiencia productiva. Miranda comprende que el neobarroco es la anatomía misma de nuestra cultura —una amalgama de lo grotesco, lo sagrado, lo cómico y lo trágico— que no podría traducirse a un lenguaje sencillo sin traicionar su esencia. Su obra nos lanza un desafío incómodo: en un mundo que busca vaciarnos de historia para acelerar el consumo, el horror vacui de Miranda es, en última instancia, un acto heroico de memoria y una necesaria saturación vital.