A quien corresponda

Del puedo prometer y prometo a la polarización y el enfrentamiento

El mes de julio de 1976 marcó un antes y un después en la historia contemporánea  de España. Hace cincuenta años el Rey Juan Carlos I nombraba presidente del Gobierno de España a Adolfo Suárez, un político prácticamente desconocido para la mayoría de los españoles que sin embargo, acabaría liderando una de las transformaciones políticas más admiradas del siglo XX: La Transición hacia la democracia.

Pocos nombramientos han tenido una trascendencia semejante. España salía de casi cuatro décadas de dictadura y afrontaba un futuro lleno de incertidumbres. La sociedad demandaba libertad, Europa observaba con cautela y existía un riesgo real de que el país cayera en una espiral de enfrentamiento o de inmovilismo. Suárez supo comprender que el momento exigía algo más que gobernar, era necesario reconciliar a los españoles y construir un sistema político en el que todos pudieran sentirse  representados.

Su mayor mérito no fue únicamente impulsar reformas. Fue hacerlo convenciendo a quienes pensaban de manera radicalmente distinta de que el acuerdo era preferible al conflicto. En un periodo relativamente corto promovió la Ley de la Reforma Política, legalizó los partidos políticos, incluido el Partido Comunista de España, convocó las primeras elecciones democráticas desde la Segunda República, impulsó los Pactos de la Moncloa y condujo el proceso que culminó con la aprobación de la Constitución de 1978.

Aquella generación de dirigentes, procedentes de ideologías muy diferentes, comprendió que ninguna fuerza política podía construir una democracia estable imponiendo sus planteamientos al resto. La Constitución fue el resultado de una negociación compleja, llena de renuncias y cesiones mutuas, pero precisamente por ello consiguió convertirse  en el gran punto de encuentro de los españoles.

Cinco décadas después, España es un país profundamente distinto al que recibió Suárez. Es una democracia consolidada, integrada plenamente en Europa, con un elevado nivel de desarrollo económico, una amplia red de derechos y libertades y un Estado de bienestar comparable al de las principales democracias occidentales. Todo esto es consecuencia directa del camino iniciado durante aquellos años decisivos.

Sin embargo, el aniversario también invita a una reflexión inevitable sobre la política actual. La España de 2026 vive una intensa polarización. El clima de confrontación permanente, la dificultad para alcanzar grandes pactos de Estado y la creciente desconfianza entre las principales fuerzas políticas contrastan con el espíritu de consenso que presidió la Transición.

Las diferencias ideológicas son legítimas y forman parte de cualquier democracia madura. Lo preocupante es cuando el adversario deja de ser un rival político para convertirse en un enemigo al que resulta imposible reconocer ningún acierto. Esa lógica dificulta la búsqueda de soluciones compartidas a desafíos tan importantes como la vivienda, el envejecimiento de la población, la competitividad económica, la inmigración, la sostenibilidad del Estado del bienestar o la transformación tecnológica.

Recordar a Adolfo Suárez no significa idealizar el pasado ni ignorar las dificultades de la Transición. Aquel proceso tuvo tensiones, errores y momentos extremadamente delicados. Pero sí permite recuperar una enseñanza que conserva plena vigencia; los grandes avances de España llegaron cuando sus dirigentes fueron capaces de anteponer el interés general al beneficio  político inmediato.

Suárez entendió que gobernar consistía, sobre todo, en generar confianza. Supo dialogar con quienes pensaban de forma opuesta, asumir costes personales y tomar decisiones que muchos consideraban imposibles. Pagó un elevado precio político y humano por ello, pero dejó un legado que sigue siendo uno de los pilares de nuestra democracia.

Hoy, cincuenta años después de su llegada a la Presidencia del Gobierno, su figura continúa  simbolizando una manera de entender la política  basada en el servicio público, el consenso y la capacidad de construir puentes. España ha cambiado profundamente desde entonces. Es más libre, más próspera y más abierta al mundo. Buena parte de ese progreso comenzó con el liderazgo de un presidente que comprendió que la verdadera grandeza de un gobernante no reside en dividir para vencer, sino en unir para avanzar.

Conmemorar este aniversario no debería ser un ejercicio de memoria histórica. También es una oportunidad para recordar que los momentos de mayor éxito colectivo de España siempre han estado ligados al diálogo, al acuerdo y a la capacidad de mirar más allá de las diferencias. Ese fue el verdadero legado de Adolfo Suárez y, probablemente, una de las lecciones más valiosas que cincuenta años después sigue ofreciendo a la sociedad española.