Tiempo de pensar

La excelencia también tiene detractores

Existe una constante que atraviesa la historia: cuanto mayor es la excelencia, mayor suele ser la resistencia que despierta. El éxito nunca genera únicamente admiración. También provoca envidia, rechazo y el deseo de ver caer a quien ocupa la cima. Ocurre en el deporte, en la ciencia, en la política y en cualquier ámbito donde alguien sobresale de manera extraordinaria.

Pocos ejemplos ilustran mejor este fenómeno que Lionel Messi y la selección argentina. Para millones representan el talento, el sacrificio y la perseverancia; para otros, simbolizan un dominio que desean cuestionar. Es legítimo preferir a otro jugador o apoyar a otra selección. El deporte vive de esa rivalidad. Lo preocupante aparece cuando la crítica deja de centrarse en el rendimiento y se convierte en un rechazo permanente hacia quien ha demostrado su grandeza durante años.

Un ejemplo reciente lo refleja con claridad. Ver a personas celebrar que Lionel Messi falle un penal no responde únicamente a la pasión deportiva. En algunos casos revela un rechazo visceral hacia quien ha alcanzado la excelencia. No se festeja tanto el error en sí como la posibilidad de ver caer, aunque sea por un instante, a quien durante tantos años ha marcado la diferencia.

La psicología ofrece una posible explicación. En algunas personas, el éxito ajeno despierta sentimientos de inferioridad o frustración que, de manera inconsciente, pueden transformarse en resentimiento. Cuando eso ocurre, el mérito deja de inspirar y comienza a incomodar. No siempre es así, pero ese mecanismo ayuda a comprender por qué resulta más fácil desacreditar al que sobresale que reconocer sus virtudes. En lugar de preguntarse qué pueden aprender de quienes triunfan, algunos prefieren minimizar sus logros o atribuirlos exclusivamente a la suerte, a los privilegios o a factores externos.

Algo parecido sucede con Israel en el debate internacional. Como cualquier Estado, sus gobiernos pueden y deben ser objeto de análisis y crítica. Sin embargo, una cosa es discrepar de decisiones políticas concretas y otra muy distinta convertir a un país entero en objeto de una descalificación permanente. Cuando desaparecen los matices, el debate se empobrece y la pasión sustituye a la reflexión. Criticar decisiones es legítimo; deshumanizar a un pueblo o negar sus méritos es otra cosa.

Miguel de Cervantes escribió en Don Quijote de la Mancha: «La virtud es más perseguida de los malos que amada de los buenos.» Cuatro siglos después, la reflexión conserva toda su vigencia. La excelencia siempre tendrá detractores, pero el tiempo suele distinguir el ruido pasajero del legado verdadero. La historia termina recordando a quienes dejaron un legado, no a quienes dedicaron sus esfuerzos a desacreditarlo.