La Receta

Farmacología doméstica

Hay materias en las que el sentido común parece evaporarse con una rapidez sorprendente, y una de ellas es el uso de los medicamentos. Personas perfectamente sensatas, incapaces de echar gasolina equivocada a su coche o de tomarse un yogur caducado de tres semanas, no ven inconveniente en rescatar del fondo de un cajón unos antibióticos “que sobraron”, aceptar una caja prestada por un vecino bienintencionado o duplicar la dosis de un analgésico porque “así hará más efecto”. En farmacología doméstica, el ser humano revela una creatividad peligrosa.

Conviene recordar una verdad sencilla: los medicamentos no son bienes de consumo ordinario. No son caramelos, ni amuletos, ni talismanes modernos contra cualquier malestar. Son herramientas útiles, extraordinariamente útiles, pero precisamente por eso exigen respeto. Nadie discutiría con un electricista sobre cómo hacer una instalación segura ni improvisaría con el cuadro eléctrico de su casa; sin embargo, con frecuencia se improvisa con antihipertensivos, antibióticos o antiinflamatorios con una tranquilidad admirable y temeraria.

Una de las supersticiones más persistentes es la fe casi religiosa en el antibiótico. Para muchos ciudadanos sigue siendo una especie de remedio universal: sirve para la gripe, para el catarro, para el dolor de garganta y, si fuera necesario, probablemente también para los desengaños sentimentales. Pero los antibióticos no actúan contra los virus y su uso innecesario no solo es inútil, sino que contribuye a un problema serio: las resistencias bacterianas. El antibiótico mal usado no solo fracasa hoy; puede dejar sin armas mañana.

Otra creencia pintoresca es que lo “natural” equivale automáticamente a inocuo. No es cierto. La cicuta también era natural y no dejó precisamente buenas críticas entre sus usuarios. Muchas plantas medicinales, complementos y suplementos pueden producir efectos adversos o interferir con tratamientos importantes. Que algo se venda sin receta o lleve una etiqueta verde no significa que sea inocente, de ahí que sea importante informarse, a ser posible con un médico o farmacéutico ya que en las redes hay demasiada información interesadaa

También merece defensa el prospecto, injustamente tratado como si fuera una novela de terror. Muchos lo leen buscando la desgracia inevitable y terminan abandonando tratamientos útiles por miedo a efectos improbables. El prospecto no está para asustar, sino para informar. La diferencia entre posible y frecuente no siempre se interpreta bien.

El botiquín doméstico suele ser, además, un pequeño museo arqueológico: cajas sin fecha visible, envases medio vacíos, jarabes huérfanos de su dosificador y comprimidos cuya identidad pertenece ya al terreno de la paleontología. Revisarlo de vez en cuando sería un excelente ejercicio de higiene sanitaria y también de modestia.

Tal vez todo esto pueda resumirse en una idea sencilla: con los medicamentos, más vale prudencia que improvisación. No reutilizar tratamientos antiguos, no prestar fármacos, no suspender terapias por cuenta propia, no duplicar dosis, consultar antes de mezclar tratamientos y entender que el farmacéutico, que puede ser nuestro informador más cercano, no está solo para entregar cajas, sino también para evitar errores.

El sentido común farmacológico no exige un máster, sino una virtud antigua y hoy algo descuidada: la prudencia.