Durante más de dos siglos, la historia parlamentaria española ha estado marcada por nombres de juristas, militares o grandes propietarios. Sin embargo, existe una presencia menos visible y, sin embargo, constante: la de los farmacéuticos. Desde comienzos del siglo XIX hasta la actualidad, más de cien profesionales formados en la botica, el laboratorio o la universidad han ocupado escaños en las Cortes, aportando una combinación poco frecuente de conocimiento científico, cultura humanística y vocación de servicio público.
La relación entre farmacia y política nunca ha sido sencilla. En los primeros compases del constitucionalismo español, el compromiso político podía implicar riesgos personales considerables. José Garriga Buach, químico formado en Montpellier y París, vio truncada su prometedora carrera tras su participación en las Cortes de Bayona al servicio de José Bonaparte, lo que le obligó a refugiarse en el Rosellón. Similar destino sufrió José Melchor Prat y Solá, diputado liberal durante el Trienio Constitucional, condenado a muerte tras la restauración absolutista y forzado al exilio en Inglaterra, donde sobrevivió como traductor y mantuvo vínculos científicos con España.
Frente a estas trayectorias marcadas por la adversidad, otros farmacéuticos entendieron la política como una prolongación natural de su vocación ilustrada. Simón de Rojas Clemente, naturalista y botánico, representa bien este perfil: científico comprometido con el progreso del país, participó activamente en las Cortes del Trienio Liberal, especialmente en materias relacionadas con agricultura, industria y salud pública. En la misma línea se sitúan figuras como Andrés Alcón Calduch o José Camps y Camps, quienes trasladaron al ámbito parlamentario el rigor y la mentalidad analítica propios del laboratorio.
Lejos de constituir un grupo ideológicamente homogéneo, los farmacéuticos presentes en las Cortes reflejaron siempre la pluralidad política de España. Entre ellos hubo liberales, moderados, republicanos y conservadores. Eduardo Chao, alcanzó el Ministerio de Fomento durante la Primera República, mientras que otros representantes de la profesión defendieron posiciones muy distintas en el espectro político. Esta diversidad evidencia que su presencia no respondía a una agenda corporativa, sino a una participación cívica más amplia.
Durante la Restauración, Antonio María Fabié Escudero destacó como diputado, senador y gobernador del Banco de España, además de figura influyente en la vida intelectual. También resulta singular el caso de Pedro Carrascosa, que llegó a ser obispo de Ávila y senador, o el de José Rodríguez Carracido, presidente de la Real Academia de Farmacia y senador vitalicio. Algunos farmacéuticos alcanzaron posiciones de gran relevancia institucional. José Giral, profesor universitario, fue presidente del Consejo de ministros al inicio de la Guerra Civil y posteriormente presidente de la República en el exilio.
Otros perfiles, como el de Pedro Calvo Asensio, unieron la botica con el periodismo político, fundando cabeceras influyentes, como “La Iberia” y participando activamente en el debate público del siglo XIX.
Incluso en etapas en las que el parlamentarismo se vio interrumpido o limitado, como durante el franquismo, los farmacéuticos mantuvieron presencia institucional como procuradores en Cortes o responsables administrativos. Con la Constitución de 1978 y la consolidación de la democracia, esta tradición volvió a hacerse visible en el Congreso y el Senado, donde diversos farmacéuticos han ocupado escaños y cargos de responsabilidad, incluyendo posiciones de primer nivel en la estructura del Estado, como ahora ocurre con la presidenta de las Cortes, Francina Armengol, o la eurodiputada Margarita de la Pisa.
Esta continuidad a lo largo de distintos regímenes —monarquía absoluta, liberalismo, república, dictadura y democracia— no parece casual. Responde, en gran medida, a la propia naturaleza de la profesión farmacéutica, variada en su actividad profesional en la Farmacia, la Industria, la Docencia o la Administración.
Su contribución, a menudo poco visible, forma parte de la construcción institucional del país y refleja una tradición cívica sólida que atraviesa generaciones, incluso en un momento como el actual en que la política parece distanciarse del saber técnico y de las profesiones.