“La corrupción desmoraliza y es lo peor que le puede pasar a una sociedad.”
Adela Cortina
En la Argonáutica de Apolonio de Rodas se describe a una criatura fantástica, gigantesca, hecha de bronce y apostada en la costa de la isla de Creta para defenderla de los invasores. La leyenda se trasladó al cine, representándose en la clásica película Jasón y los argonautas como un ser colosal, que reposaba inerte desde tiempo inmemorial custodiando bajo sus pies los tesoros de la isla, despertando de su sueño cuando los navegantes trataron de arrebatárselos. Jasón descubrió que Talos tenía un punto débil, ubicado en el talón, y que taponaba el fluido vital divino que permitía que la estatua cobrase vida. Con esfuerzo pudo abrirlo y aquel líquido fue separándose el cuerpo del gigante hasta caer en pedazos.
Siempre se ha dicho que los mitos no son tan ajenos a la realidad como así parecen y que, incluso, constituyen una explicación de la existencia que no se sujeta a un tiempo concreto, sino que son perfectamente trasladables a cualquier momento de la historia, pues, en definitiva, no dejan de ser plasmaciones de la condición humana.
Talos, en la actualidad, sigue vivo.
Está en los grandes núcleos de poder, en las asociaciones masivas que consiguen dirigir el destino de sociedades enteras. Su vitalidad, su corazón, late a impulsos del dinero que, como fluido esencial, hace que se mueva y que repela a todos aquellos que, en legítima batalla, intentar luchar contra un gigante que, con el paso de los años, ha convertido su razón de existir en el enriquecimiento sin límites, y su sangre en un efluvio corrupto ajeno a cualquier atisbo de moralidad.
No se trata de que el Talos de nuestros días defienda las riquezas de todos: se defiende solo a sí mismo, y lo hace con toda su fuerza, con todas sus armas, como una criatura, hoy enferma, que únicamente actúa en beneficio propio, porque lo lleva dentro: sus fluidos se han emponzoñado en un contexto de ambición infinita.
Cualquier navegante -último reducto de los valores, de la ética- que trate de alcanzar el punto débil de este gigante para hacerle caer será cruelmente atacado por él, con la fuerza de la coacción, del engaño, de la destrucción mediática y civil. Son estos nuevos argonautas la última esperanza frente a un ser ya desbocado.
Un gigante y sus valientes adversarios, en desigual contienda.
Un mito que no es tal, sino metáfora del presente.