Más de 73.000 personas han muerto en Gaza, desde el inicio de la guerra, en octubre del 2023. En su gran mayoría se trata de civiles, de los cuales más de 20.000 son niños, según el Ministerio de Salud de Gaza y Naciones Unidas.
El impacto alcanza también a quienes sostienen la vida en medio de la guerra: han muerto al menos 1.600 trabajadores sanitarios y más de 259 periodistas. Y, más allá de las bombas, emerge otra forma de violencia: la muerte por hambre. Miles de personas —en su mayoría niños— han fallecido en un contexto que expertos y organismos humanitarios describen como muy peligroso: el uso del hambre como arma de guerra, vinculado al bloqueo y a la restricción del acceso a agua, alimentos y asistencia humanitaria.
Lo que ocurre en la Franja de Gaza no es solo una tragedia humanitaria: es un punto de inflexión. Tras la Segunda Guerra Mundial, el mundo intentó fijar límites a la barbarie creando la ONU (1945), la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y los Convenios de Ginebra (1949). Su objetivo era claro: impedir que los crímenes más atroces volvieran a repetirse. Hoy su capacidad de acción ha perdido eficacia. Se documenta, se denuncia, se presentan pruebas. Y, sin embargo, no se detienen las violaciones a los derechos humanos.
El mayor peligro no es solo la violencia, sino su normalización: acostumbrarse al horror.
A los poderosos no parece importarles. No los debilita ni les remueve la conciencia. Sus decisiones reflejan una deshumanización profunda, alimentada por discursos de odio que han ido desplazando cualquier rastro de empatía.
Pero no son todos. Son pocos, aunque con el poder suficiente para imponer una realidad que no representa a la mayoría. Porque la mayoría de las personas todavía conserva lo esencial: solidaridad, empatía, respeto.
Y es precisamente por eso que quienes ordenan y ejecutan estas atrocidades evidencian lo contrario. En sus actos no hay grandeza ni legitimidad, sino una pérdida radical de humanidad.
Lo que les falta, en esencia, es amor.
Amor por la vida, en todas sus formas.
Amor por la madre tierra, que también está siendo destruida.
Amor por las personas: bebés, niños, mujeres, hombres, ancianos de cualquier nacionalidad.
La semana pasada al escuchar los testimonios de la flotilla Global Sumud, sentí una mezcla de impotencia y dolor difíciles de describir. Y lo ocurrido en el País Vasco me produjo una tristeza profunda: en un país en democracia, la forma en que fueron recibidos resulta inaceptable.
La violencia institucional no puede normalizarse. Es una de las más graves, porque proviene de quienes deberían proteger. En una democracia, ante los ojos del mundo, no hay justificación posible: quienes la ejercen o la permiten deben rendir cuentas.
Frente a eso, la flotilla representa otra cosa: coraje. Personas con una sensibilidad enorme, con una valentía que roza la inconsciencia y un sentido de la responsabilidad que va más allá de lo común. Para mí, son héroes de nuestro tiempo. Idealistas del siglo XXI, cuya capa es la bandera del pueblo Palestino que simboliza la dignidad.
Y para quienes no somos tan valientes, también hay un lugar. Siempre se puede hacer algo: apoyar, difundir, indignarse. Incluso seguir sintiendo horror ante lo que ocurre eso, ya en sí mismo es un acto de rebeldía, de humanidad.
Por eso seguiré usando la palabra como herramienta. Contra el odio. Contra el silencio. Para recordar, una y otra vez, que la humanidad sigue viva y que el amor al prójimo existe, como Palestina.