La infancia tiene mucho que ver con un balón. Perseguimos el esférico allí donde va y, cuando lo tenemos en la punta del pie, le damos una patada. El balón es un objeto noble, no se queja nunca, a pesar de recibir tantas patadas. Si acaso, alguna vez, se desinfla.
España es un país que recibe muchas patadas y tiende a desinflarse. Sin embargo, los españoles, hipnotizados por el rodar de tantos esféricos como se cruzan en nuestro camino, perseguimos esos balones con ánimo de devolver las patadas que la vida nos propina donde la espalda pierde su casto nombre.
Pero no siempre estamos desinflados. Hay ocasiones para sacar pecho, orgullo de pertenencia a un país variopinto, con una gloriosa historia a sus espaldas, y, empero, tantas veces cainita. El triunfo de la selección española en la Copa Mundial de Fútbol es una de esas ocasiones en las que olvidamos las etiquetas, el sello que adjudicamos al prójimo con afán clasificatorio.
Parece que el fútbol es el único pegamento para unir millones de teselas de un mosaico disperso. El único deporte con capacidad de obviar los simbolismos que algunos ignorantes asocian a la bandera o el himno nacional. El único argumento válido para reivindicar el hecho de ser español, sin complejos, como otros son ingleses, alemanes o franceses, sin necesidad de pedir perdón por celebrar el gol que nos encarama a la cima del mundo. Un gol que marca Ferrán Torres, un muchacho que declara su fe en Dios, como antes lo hiciera Luis de la Fuente, hacedor de tamaña proeza. Hombre sencillo y sereno que ha dirigido a un grupo de chavales para convertirlos en leyendas del fútbol español.
Ferrán, que confiesa haber pasado momentos amargos, declara que, detrás del balón con el que batimos a la Argentina de Messi, estábamos cuarenta y siete millones de españoles. Se quedó corto, el censo indica que somos algunos más, rozamos ya los cincuenta millones. La cuestión es que todos a una, con la voluntad firme de vernos campeones, empujamos con Ferrán esa pelota que embolsó la red de la portería argentina.
Fuimos un país entero detrás de un balón. Con la misma ilusión que un niño cuando da sus primeras patadas a una pelota. Ahora son dos las estrellas que adornan nuestro firmamento futbolero. Y no son fugaces, sino que permanecerán para siempre. Como esas personas que nos legan su alma y se quedan en la cabaña del recuerdo. La selección ha dado ejemplo de unidad, cada uno de sus componentes ha sido generoso y solidario. Han mostrado cual ha de ser el decálogo de un colectivo para triunfar.
Quedémonos con eso, con la enseñanza de este grupo de jóvenes deportistas bajo la batuta de un hombre sosegado. Quedémonos con ese balón que todos empujamos para alcanzar la victoria. Un país detrás de un balón, una patada que nos da un Mundial de fútbol y la sensación de que todo podría ir mejor si orillamos las rencillas que inventan quienes se obstinan en sembrar discordia. Los valores del deporte aplicados a la vida ordinaria. Enhorabuena, campeones. Enhorabuena, España.