Quizá es cosa mía, que con los años me he vuelto maniático. Pero uno pone las noticias —tele, radio, podcast, lo que toque— y lo que escucha ya no es lenguaje, sino una coreografía de palabras domesticadas. No informan: se deslizan, como quien intenta cruzar un campo minado sin hacer ruido. Cada término parece haber sido hervido, centrifugado y planchado antes de salir al aire.
Ahora todo el mundo tiene líneas rojas. Líneas rojas que, por supuesto, nunca se cruzan… hasta que conviene cruzarlas. Entonces descubrimos que no eran líneas, sino “marcos flexibles”, “contextos dinámicos”, “espacios de diálogo”. Y así, lo que ayer era un “jamás rotundo”, hoy es un “bueno, lo que quise decir fue…”. El diccionario político es un organismo vivo: muta, se adapta, se estira como un chicle viejo.
Los juicios ya no son juicios: son procedimientos en curso, situaciones judicializadas, episodios que se están aclarando. Y las comparecencias… ay, las comparecencias. Ese género teatral donde alguien se planta ante un atril para no decir nada durante veinte minutos, repitiendo que “no procede”, “no toca”, “no es el momento”, “no hay novedad”, “no tengo nada que añadir”. Todo ello mientras detrás se acumulan cámaras, micrófonos y un país entero preguntándose si realmente ha pasado algo o si todo es un espejismo cuidadosamente iluminado.
Los escándalos tampoco son escándalos: son joyones mediáticos, “ruidos”, “lecturas interesadas”. Y cuando algo es demasiado evidente como para negarlo, entonces se convierte en un “incidente puntual”, un “malentendido”, una “interpretación desafortunada”, o mi favorito: “un error de comunicación”. Como si el problema fuera la frase y no lo que la frase intenta tapar.
Mientras tanto, los tertulianos —esa especie que jamás se extingue— se turnan para explicar lo inexplicable. Con solemnidad quirúrgica te dicen que “nunca se dijo nunca”, que “jamás significaba otra cosa”, que “la línea roja era simbólica”, que “el relato es complejo”. Y uno empieza a sospechar que el lenguaje no sirve para aclarar, sino para cubrir con una manta todo aquello que no conviene mirar de frente.
Quizá sí, quizá es cosa mía. O quizá es que el lenguaje público se ha convertido en un arte marcial: golpes suaves, palabras acolchadas, frases que parecen decir algo, pero no dicen nada. Y lo peor es que, entre tanto “nunca”, “jamás” y “línea roja”, uno empieza a echar de menos el viejo diccionario, ese donde las palabras significaban lo que significaban, sin intérpretes, sin portavoces y sin relato.