Desde los inicios de la historia humana, el ser humano ha buscado un lugar donde sentirse a salvo de las amenazas externas: un refugio donde la intimidad solo se abra a quienes merezcan el privilegio y la confianza de atravesar las barreras que cada uno de nosotros construye a su alrededor.
El problema es que, con el paso de los años, los humanos hemos tenido dificultades para determinar con claridad la dimensión exacta de ese refugio personal. Cuanto más extenso se vuelve el refugio —y cuanto más numerosos quienes lo habitan—, más amplios se vuelven sus límites. Y, naturalmente, llega un momento en que esas dimensiones “soberanas” entran en contacto, y en conflicto, con las dimensiones ajenas.
Podría decirse, en términos simples, que a lo largo de la historia siempre hemos intentado ampliar nuestro propio refugio, imponiéndolo sobre el de “los otros”.
Así, con el transcurso del tiempo y tras un constante derramamiento de sangre, se trazaron fronteras en los mapas y se establecieron normas cada vez más estrictas y detalladas. Aquella libertad que hoy se proclama en pancartas no es otra cosa que la reacción frente a nuevas limitaciones: el sometimiento a presiones, a ideologías y, en última instancia, a la imposición de la fuerza. Pero también es la necesidad de alcanzar un status quo, un “refugio” del propio pensamiento o del colectivo que se representa.
Ante la dificultad de algunos para aceptar límites, se exaltan las imposiciones. Las estructuras se vuelven inexpugnables, dejan de admitir discusión, el diálogo se extingue y vuelve a imponerse la ley del más fuerte, como en el principio.
Ese mismo impulso —el de ampliar el propio refugio hasta convertirlo en dominio— sigue presente hoy, aunque adopte formas más sofisticadas y un lenguaje aparentemente más civilizado.
En este contexto, al recorrer algunos discursos del Foro Económico Mundial de Davos (2026), llaman especialmente la atención las intervenciones de ciertos líderes. Sin duda, una de las más relevantes fue la del presidente de los Estados Unidos, quien expuso el dominio y la capacidad económica de su país como eje del liderazgo occidental, retratando a una Europa debilitada sin su presencia, no solo en el plano económico, sino —y fundamentalmente— en el geopolítico y en el manejo de la fuerza, presentándose como garante de la paz de Occidente.
Sin embargo, más allá de ese discurso previsible, uno de los mensajes más impactantes fue el del presidente argentino Javier Milei. Comenzó con la afirmación “Maquiavelo ha muerto”, explicando que la eficiencia económica y la justicia no son conceptos opuestos, sino inseparables. Volvió a defender la libertad como principio fundamental —y, dentro de ella, la libertad de los mercados— y planteó la necesidad de regresar a
los pilares de la civilización occidental: la filosofía griega, el derecho romano y los valores éticos y morales judeocristianos.
Todo esto ocurre en un mundo azorado, que observa sin que le tiemblen las manos el crecimiento del odio hacia el distinto. Un mundo sin memoria, en el que cada 27 de enero recordamos a las víctimas del régimen nazi, mientras sociedades enteras se acostumbran a la muerte injusta y a las frágiles justificaciones de “errores” que se cobran la vida de personas con nombre y apellido, con historias, con familias.
Estamos construyendo un mundo aparentemente “perfecto”: con una vida cada vez más extensa, más seguro, con mejor tecnología aplicada a la salud, a la educación y al trabajo.
Pero la pregunta que debería inquietar a quienes toman decisiones no es técnica ni económica, sino moral: ¿ese mundo que estamos construyendo es verdaderamente justo y libre para todos, o solo un refugio ampliado para algunos?