No cabe duda de que la seguridad es una necesidad vital. Todo ser vivo la lleva inscrita en el genoma de la supervivencia. Vivir es peligroso. Existir es una danza en la cuerda floja entre la respiración y la parca. El accidente, la enfermedad y la vejez son los heraldos negros que constantemente nos recuerdan que la medida de la luminaria existencial es la de un relámpago entre dos oscuridades. El ahora en que vivimos – y no hay ningún otro tiempo en el que podamos vivir – apunta a una profunda discontinuidad, pues representa la sincronicidad de principio y fin. Dada esta simultaneidad, resulta evidente que lo de la seguridad es un empeño azaroso y temporal, sujeto a las vicisitudes inherentes a todo ser manifiesto, al que por serlo no le queda más remedio que convivir con su propia finitud. Cada instante es un morir, por lo que su multiplicación viene a ser el regalo de un estallido cósmico que sigue expandiéndose a la velocidad de las galaxias después de catorce mil millones de años de milagrosa travesía sideral.
No obstante, la seguridad mueve la gran fábrica del mundo, la organización social, el engranaje económico e industrial, las maquinaciones políticas y sus alianzas y desavenencias bélicas. Si a eso le añadimos el descontento universal con lo que tenemos y su correspondiente ambición, el tema se complica, pues ese mismo deseo insaciable hace que la seguridad sea un imposible. Y para complicarlo todavía más, ahí tenemos ese instinto ancestral no sólo de tener sino de ser más a fuerza de cultivar nuestra prepotencia y superioridad. Este espíritu comparativo y competitivo genera no sólo incertidumbre sino violencia y crueldad. La seguridad absoluta no existe y de ahí que el miedo sea la otra cara de su moneda. Y a mayor miedo, más desesperada nuestra búsqueda de seguridad, en un círculo vicioso de retroalimentación sin salida. Todos necesitamos, como mínimo, disponer de ropa, comida y techo, a cuya trilogía elemental habría que añadirle sus complementos de educación, trabajo y seguridad social. Todo ello bajo la tutela de un estado de derecho defensor de la igualdad, la libertad y la justicia. Si todas estas condiciones se dieran dentro de un marco de buena gobernación y responsabilidad ciudadana, el tema de la seguridad quedaría zanjado y no tendríamos que traducirlo en términos de la danza macabra y apocalíptica de la lucha por la vanagloria del poder y su carrera armamentista.
La seguridad física es una necesidad universal que se ve dinamitada por el anhelo de seguridad psicológica mediante la fragmentación racial, tribal, partidista, económica, ideológica y confesional, pues lo único que la fragmentación garantiza es el conflicto. Por eso no habrá seguridad en el mundo mientras sigamos buscándola en identidades separatistas, patriotismos, tradicionalismos y caudillismos de todo tipo. No habrá paz en el mundo mientras existan la ambición de riqueza y de poder, de ser alguien a costa de los demás, de poseer para ahuyentar el miedo a no ser. No habrá verdadera hermandad hasta que no abracemos esa soledad de fondo que es el espejo identitario de nuestra humanidad. Por eso esta cumbre de la OTAN ha sido un desastre, pues ha perpetuado el modelo pernicioso del colonialismo occidental y su economía de guerra. Cuando Trump y la mayoría de los líderes europeos eternizados en la foto están ya sentados en el banquillo de la historia imputados por complicidad en el genocidio de los palestinos. Pero eso no les importa, porque lo suyo no es la seguridad vital sino la bursátil.
La pura y oscura verdad es que, como declaraban las tres hechiceras en Macbeth, la gran tragedia de Shakespeare, la seguridad es la principal enemiga de los mortales. Es inútil sellar las puertas y ventanas de nuestras mentes y corazones, levantar muros y diques sociopolíticos y económicos, fortificaciones de guerra para el progreso y la defensa del materialismo, o rendir culto al narcisismo de las ideas, pues cuanta más resistencia le opongamos, más duros serán los golpes de la vida contra estas barreras que, ilusorias, ya son la crónica de una ruina anunciada.