¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas! —Isaías 5:20
¡Venga por mí, aquí lo espero en Miraflores! ¡No se tarde en llegar, cobarde! Así gritaba con total vehemencia televisiva el voceras de Nicolás Maduro. Sin duda hay bravatas que, por su propia naturaleza acaban cumpliéndose. Y así fue. Las fuerzas especiales estadounidenses ejecutaron con absoluta precisión la Operación Resolución Absoluta, llamada así por no nombrarla: Arrestar al idiota. Detuvieron al dirigente venezolano cuya ilegitimidad en el poder es palmaria e indiscutible.
Pero cada vez que la justicia asoma, también surgen los clamores airados de los mismos grupos que, en su inagotable constancia, se indignan selectivamente. Los mismos que ayer exigían mano dura contra quienes no comulgaban con sus dogmas, hoy denuncian al contrario. Son los chulos y las charos aferrándose a una fingida pureza jurídica, esos que critican de nuevo una supuesta agresión imperial y reclaman la liberación inmediata de Maduro y su esposa, pero olvidando que no han apresado a un Presidente, sino a un hombre que se apropió del poder tras unas elecciones que no ganó.
Conviene preguntarse —visto que ellos no lo hacen— dónde estaban cuando Chávez primero y Maduro después desmantelaban las instituciones. Dónde estaban cuando se perseguía, se torturaba o hacían desaparecer opositores; dónde cuando cerca de ocho millones de venezolanos emprendieron el éxodo; dónde cuando saqueaban el país hasta la ruina; dónde cuando la luz, el pan y la libertad se convertían en lujos; dónde cuando restringían principios y derechos, comenzando por la libertad. ¿Dónde? Ellos siempre están en el mismo lugar, justificando lo injustificable, celebrando la desgracia ajena y envolviendo sus afinidades ideológicas en un discurso de supuesta superioridad moral.
No es casual que ciertos grupúsculos ideológicos observen estos acontecimientos con inquietud, pero sólo porque temen que el colchón de lujos pueda cambiarse por un simple catre, los balcones por rejas y los atolones por patios lúgubres. En el bombo de las responsabilidades hay muchos números y no pocos nombres conocidos, por eso se habla de antiguos mandatarios, de partidos, de periodistas, políticos y leguleyos, de muchos que recibieron generosas atenciones y de algunos que hicieron del equipaje un arte sospechosamente lucrativo.
Estados Unidos se ha convertido en un país de oportunidades para muchos y de cuentas pendientes para otros. Ahora se abre una nueva puerta para que ciertos personajes respondan por sus actos y esto es cosa que personalmente me agrada. Quizá no tardemos en ver a algunos compatriotas desfilar por ese mismo sendero y es que hay individuos cuya conducta ha sido tan lesiva para los pueblos que difícilmente pueden ampararse en leyes que ellos mismos despreciaron.
Hoy parece que el mundo puede ser mucho mejor y sucede porque hay gente preocupada porque los malos no se perpetúen en un poder absoluto despreciando a su pueblo y arruinando ilusiones. Así que nadie se llame a engaño porque cuando la justicia despierta, los impostores tiemblan. Será entonces, sólo entonces, cuando se revelará quien defendía principios y quien defendía privilegios.