En este tiempo de Cuaresma, marcado por el desierto interior y la conversión del corazón, una pregunta puede parecer sorprendente: ¿Jesús observaba el Shabat? La respuesta es sí. Como judío fiel, “conforme a su costumbre”, entraba en la sinagoga cada sábado para orar y leer la Escritura (Lucas 4:16).
Pero no lo hacía como quien cumple una norma vacía. Cuando sanaba en sábado, recordaba que “el sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Marcos 2:27). No abolía el descanso sagrado; lo devolvía a su sentido original: un tiempo para Dios, para la familia y para el bien.
Los cristianos celebramos el domingo como Día del Señor, memoria de la Resurrección y espacio de descanso verdadero. Más que una obligación, es una oportunidad: detenernos, reunirnos, reencontrarnos.
Sin embargo, hoy muchas familias viven una fragmentación silenciosa. La migración, el trabajo absorbente y el ritmo acelerado han dejado a muchos mayores en soledad. La Organización Mundial de la Salud advierte que la soledad afecta a una de cada seis personas en el mundo y se asocia a cientos de miles de muertes anuales. En Europa, entre el 13% y el 27% de los adultos mayores experimentan soledad; en España, el porcentaje supera el 20% en mayores de 75 años.
Más que cifras, son rostros.
La Cuaresma invita a preguntarnos si somos espectadores o participantes en la vida de los nuestros. La pensadora Mijal Bitton lo expresaba recientemente así: “Ser necesitado te transforma de espectador en participante indispensable”. Cuando alguien depende de nuestra presencia, dejamos de mirar desde fuera y comenzamos a construir desde dentro.
Tal vez el verdadero descanso no sea simplemente dejar de trabajar, sino elegir estar presentes. Apagar el teléfono durante la comida. Visitar a un abuelo. Escuchar sin prisas. Compartir la mesa y la palabra.
En una cultura que valora la productividad constante, redescubrir el descanso como relación puede ser un acto profundamente contracultural. Jesús lo mostró hace dos mil años: el día sagrado no era una carga, sino una oportunidad para amar.
Y quizá ahí esté la conversión más urgente de nuestro tiempo: aprender que el descanso auténtico no es la ausencia de actividad, sino la presencia del otro.