Cruce de ideas

Capitalismo en las relaciones sociales

¿Recordáis cuando al comprar un teléfono móvil, incluía un cargador, un cable USB e incluso auriculares? Actualmente esa práctica ha desaparecido: las empresas lo justifican con motivos ecológicos apelando a la reducción de los residuos tecnológicos. Sin embargo, después venden esos complementos a precios desorbitados y trasladan al consumidor la responsabilidad de no haberlos conservado, obviando la obsolescencia programada. Lo que antes venía incluido ahora se paga: se crea una necesidad.

En nuestra sociedad, las dinámicas relacionales funcionan de forma muy similar. Valores que antes “venían de serie”, como el respeto y la empatía, se presentan como exigencias excepcionales y ahora debemos “comprarlos”. Bajo conceptos como límites o autocuidado, se desplaza el foco hacia el individuo, olvidando la responsabilidad colectiva. El resultado es un aumento del individualismo. La búsqueda de nuestro bienestar individual no debería impedir el de los demás; fijarnos únicamente en nuestras necesidades conlleva una desigualdad cada vez más acusada y que las relaciones sociales acaben siendo completamente líquidas, vulnerables y utilitarias: “eres lo que aportas”.

La tecnología fomenta este fenómeno dando lugar a comportamientos aversivos entre nosotros. A través de una pantalla se genera una distancia emocional mucho más acusada que en el cara a cara, dando rienda suelta a la crítica destructiva justificada en la libertad de expresión, a la aparición de “trends” cuya finalidad es ridiculizar o incluso dañar a los demás por unos cuantos “me gusta” y visibilidad en redes. Tampoco podemos obviar la envidia que surge a través de la comparación por ver estilos de vida que nos gustaría tener y no tenemos. Todo ello aumenta el rechazo hacia los demás, reduce la apertura a escuchar las necesidades ajenas y consigue que nos veamos como competencia, en vez de iguales con los que avanzar. Y al igual que las empresas tecnológicas nos responsabilizan de su obsolescencia programada, nos señalamos unos a otros buscando algún responsable al que acusar y justificar la situación social actual.

Quizá no estemos solo ante un cambio cultural, sino ante una lógica de mercado que también ha colonizado nuestra forma de vincularnos.