Durante las últimas semanas una fuerza invisible se siente y en muchos lugares, cuestiona y divide, refuta y aniquila, hasta crear atmósferas turbias entre trémulas frases que al vacilar afirman y al negar ratifican.
Estamos a pocas horas de decidir democráticamente el rumbo de la patria, mientras se espera el amanecer sobre una senda con rotos cristales del rocío matinal de la esperanza, entre sotos donde nace el cielo y el sol vierte rayos deslumbrantes con su luz cenital, con altas frondas donde caen gotas de pureza sobre la alfombra de hojas secas que tapiza trochas de anhelos que ojalá fueran de reconciliación nacional.
Las montañas peinadas de verde, planicies con otros colores de la vida, playas doradas donde se pierde la mirada en el azul, hacen parte de ese mundo encantador que espera un mejor mañana, donde un iris cobrizo pestañea con nubarrones que conjugan hoy agresión, indiferencia, intereses malsanos, como si acaso la decisión democrática no afectara a todos por igual.
Los pensamientos que se expanden en la naciente claridad se irrigan con los rayos del sol de la participación en la justa democrática, donde la desinformación, el apasionamiento y el sinsabor de la discordia forman un soplo de brisa que envuelve un vaporcillo evanescente y gris, mientras que el respeto por el pensamiento del otro, los caprichos sin causa, la falta de coherencia de las ideas que se trasmiten, y tantas veces la falta de tolerancia por quien no piensa igual se pierden en la mirada de transeúntes en las ciudades y de quienes transitan por calles de cámbulos, aromas y aleteos de los mensajeros de la libertad que esperan verdaderas respuestas a sus pretensiones y necesidades.
Ahora lo importante es la participación decisiva para dar suficiente legitimidad a quien resulte ungido en las urnas, sin dejar de pensar, que estamos en una época en que se ha perdido la vergüenza y se puede crecer en lo económico, sin importar decrecer en lo ético; donde la idea de que la riqueza debe ser ganada con esfuerzo y honradez, ha sido suplantada por la del enriquecimiento fácil y la ostentación, donde la permisividad y la indiferencia son la constante; donde la impunidad o la justicia lenta se han convertido en coartada para ilegales y corruptos.
La creencia es que la plata lo compra todo. Es que pareciera que la sociedad tiene dos códigos: uno blanco, escrito, que busca impedir los crímenes; y otro negro, silencioso, en busca de lo fácil y rápido, que permite y encubre, que a la hora de la verdad evapora responsabilidades.
Llegó la hora de la verdad para escoger entre el exterminio cruento o la paz negociada, entre quien vende ilusiones, o esperanzas y soluciones, mientras se escucha de cambios para seguir igual, y en ese panorama se rinde culto a falsos ídolos sin importar si con su ejemplo son un referente para la comunidad.
El voto coherente, responsable es el que decide…