Ningún pueblo progresa cuando sus hijos crecen sin haber probado el amargo sabor del error. —Juan de Allonca
¿Alguien entiende el problema de hoy de mates?, pregunta una madre angustiada en el WhatsApp del colegio. De inmediato brota un coro de cicerones. Es como si el porvenir de la criatura dependa de resolver una ecuación de primaria antes de la cena. Unos despejando la “X” y otros, mucho más audaces, creyendo que hay que sumarlas a la segunda columna.
Observo las respuestas con asombro. En mis tiempos, cuando uno llegaba a casa y tenía dudas con algún ejercicio, si se atrevía a preguntar, recibía de inmediato la sentencia materna: ¿No tienes un profesor? Pues mañana le preguntas. En ese instante concluía la tertulia. Era el momento de arriesgarse, equivocarse o, con algo de suerte, aprender a medias. El suspenso era una posibilidad tan natural como el NODO: al alcance de todos los españoles.
Hoy, en cambio, parece que un niño no puede llegar a clase con un error sin que tiemblen todos los cimientos emocionales en el hogar. Los padres temerosos de que sus hijos queden con secuelas irreparables por tener un fallo aritmético, se enfundan el mandil y vuelven a los años de sus primeras letras. Es evidente que vivimos instalados en la sobreprotección y por eso estamos creando una fábrica de criaturas frágiles, convencidos además de que la vida debe de venir sin esquinas o que debemos dárselas acolchadas.
El obstáculo, aquel severo maestro, ha quedado desterrado de los hogares, pero sin saber que al expulsarlo no hemos hecho más que agrandar el problema. Cada contrariedad resuelta por los padres no es más que un nuevo músculo atrofiado en el hijo. Nos hemos olvidado de que las dificultades son el ejercicio más valioso para el porvenir porque sin tropiezos no hay un buen crecimiento, como tampoco existe criterio sin error. Parece que nuestros niños no pueden frustrarse y nosotros no reparamos que esa falta les está privando de crecer también en carácter.
La enseñanza siempre ha sido un pacto con el esfuerzo y la equivocación. Errar, caer, levantarse, son movimientos necesarios de una gimnasia moral. Si les privamos de esto no hacemos más que ponerles limitaciones y despojarles de todo tipo de inconvenientes. El misterio del aprendizaje es el más importante ejercicio de vida, porque es algo que nuestros hijos no olvidarán y, además, resulta muy ventajoso para su futuro. Por eso me inquieta, lo confieso, que la Inteligencia Artificial haya sido inventada por algún padre protector, ansioso de evitar a su vástago la humillación de no saber atarse los cordones de los zapatos.
Esta costumbre por salvaguardar a los niños se ha instalado en las casas. Es como una epidemia de la sobreprotección. Padres que acompañan a sus hijos a revisar exámenes en la universidad y otros que acuden a entrevistas de trabajo con su retoño para responder por ellos. El resultado es evidente, con miles de jóvenes que llegan a la vida adulta sin autonomía porque sus queridos progenitores quisieron despejar la “X” más importante de sus vidas.
Y así seguimos, resolviendo lo que deberían resolver solos. Algunos todavía se preguntan por qué crecen inseguros, torpes y dependientes, cuando en verdad la ecuación la tuvieron siempre delante pero no la vieron. Tanta ayuda les restó aprendizaje. Y entonces ocurrió lo que se esperaba, que cuando uno resta demasiado, el resultado acaba dando negativo.