Un enemigo persistente de las utopías es el pragmatismo. Como la vida y la muerte, caminan, se rozan, se ignoran y, cuando menos se espera, chocan con fuerza. Algo así le ocurrió al presidente Gustavo Petro: mientras en público elevaba el tono contra Donald Trump y lo convertía en antagonista, en privado su gobierno avanzaba en decisiones que buscaban recomponer, con cuidado y concesiones, la relación con Washington.
La paradoja no es menor. Petro llegó al poder prometiendo un viraje ético, político y militar frente a los métodos de la derecha. Sin embargo, cuando la crisis diplomática con Estados Unidos se profundizó, el pragmatismo comenzó a imponerse, silencioso pero eficaz. Salir del laberinto se volvió un imperativo.
El 1 de octubre de 2025, en pleno deterioro de las relaciones bilaterales, el presidente autorizó un bombardeo contra disidencias de las Farc al mando de Iván Mordisco en Caquetá. Un mes y medio después se supo que entre los muertos había menores de edad. El 10 de noviembre, otro ataque aéreo en Guaviare contra la misma estructura dejó siete niños muertos, según reconoció el ministro de Defensa, Pedro Sánchez.
Las imágenes y las cifras golpearon con fuerza a la base progresista que había acompañado a Petro desde cuando, siendo senador, cuestionó este tipo de operaciones y forzó la renuncia de ministros de Defensa en gobiernos conservadores. La historia se repetía, esta vez con un protagonista que se proclama de izquierda.
A ese viraje se sumó otro gesto simbólico: el regreso del glifosato. Durante la campaña presidencial, Petro fue categórico: “En el Gobierno del Pacto Histórico no habrá una sola gota de glifosato”. Sin embargo, el 25 de diciembre autorizó su uso mediante aspersión terrestre y drones, con énfasis en Norte de Santander y Cauca. No es el Plan Colombia de hace dos décadas, pero sí un mensaje inequívoco a Washington.
El tercer movimiento fue la extradición, el 11 de diciembre, de Andrés Felipe Marín, alias Pipe Tuluá. La decisión contrastó con la negativa de entregar a Giovanny Andrés Rojas, alias Araña, protegido por su rol como gestor de paz. Se cedía algo, pero no todo, para preservar parte de lo que queda del proyecto de Paz Total.
Desde septiembre, tras la descertificación antidrogas y la revocatoria de la visa estadounidense al presidente y a su exesposa, Petro consolidó un equipo discreto de interlocutores con llegada al Capitolio. El trabajo fue arduo, marcado por egos, agravios y exigencias mutuas. El miércoles, finalmente, Petro y Trump hablaron por teléfono. El trabajo silencioso del embajador Daniel García-Peña, con senadores y representantes, dio frutos, y la conversación cerró con una invitación a la Casa Blanca.
La pregunta no es si el pragmatismo era necesario. La pregunta es por qué se ejerció negándolo, mientras el discurso público erosionaba la investidura presidencial y debilitaba la confianza democrática. Nelson Mandela, Nobel de Paz y expresidente de Sudáfrica, lo resumió con crudeza: “La pureza política absoluta no gobierna Estados”. Petro parece haberlo entendido, aunque sin decirlo.
Y ahí quizá reside la lección para Colombia y la democracia: en política, como en la vida, la habilidad de navegar entre ideales y realidad puede ser la diferencia entre la utopía que se estrella y el Estado que se mantiene vivo. Opiniones y comentarios al correo jorsanvar@yahoo.com