Cuando fuimos peces

Santiago Ramón y Cajal: historia de un cromo

A veces la historia se esconde en los pliegues más humildes: un recibo arrugado, una carta sin sello… o un cromo. En los fondos digitalizados de la Biblioteca Nacional encontré uno dedicado a Santiago Ramón y Cajal, Serie III de Hombres célebres, número 12, como si el Nobel de Medicina fuera apenas un delantero prometedor del campeonato infantil. El texto, ingenuo y delicioso, lo presenta como “travieso y aficionado a las pedreas”, autor de un primer libro titulado Estrategia lapidaria. Qué país este, capaz de convertir al padre de la neurociencia en un niño que afinaba puntería con cantos rodados.

El cromo continúa con esa prosa de kiosco antiguo: aprendiz de barbero, aprendiz de zapatero, estudiante mediocre salvo en dibujo… y, de pronto, como quien abre una ventana, “las primeras páginas de brillantes descubrimientos”. Uno casi oye el chasquido del álbum al cerrarse.

Pero lo que más me conmueve es la frase que recoge del gran anatomista francés Mathias-Marie Duval: “Por esta vez la luz nos llega del mediodía, de la noble España, país del sol”. Duval no era un adulador de sobremesa, sino una eminencia europea que, al hablar del sistema nervioso, se quitaba el sombrero ante aquel médico español que dibujaba neuronas como quien retrata almas.

Y aquí enlazo con mi artículo en ABC, donde recordaba al Cajal soldado, al Cajal médico militar en la Guerra de los Diez Años en Cuba. Apenas un año en ultramar, pero suficiente para que la fiebre, la intemperie y la burocracia castrense templaran —o quebraran— al joven aragonés. Y aprovecho para corregir a ABC, que en mi narración atribuye a Cajal un origen navarro por haber nacido circunstancialmente en Petilla de Aragón. En Recuerdos de mi vida dejó frases muy claras:

  • «Soy aragonés por los cuatro costados».
  • «Nací en Petilla de Aragón, pueblo navarro, pero mi cuna fue un accidente geográfico».
  • «Mi alma y mi carácter son hijos de Aragón».

Estas declaraciones muestran que distinguía entre el dato administrativo (nacer en Navarra) y su identidad emocional y cultural (aragonés).

En Cuba no dibujaba neuronas, sino cuerpos exhaustos; no estudiaba sinapsis, sino heridas y disenterías. Y, sin embargo, algo de aquella experiencia quedó adherido a su mirada: la certeza de que la vida es frágil, sí, pero también obstinada.

Me gusta este cromo porque, sin pretenderlo, reúne a todos los Cajales posibles: el niño inquieto, el soldado exhausto, el científico que abrió ventanas en el cerebro humano. Y también porque recuerda algo esencial: que la vida no avanza por capítulos, sino por capas; que somos mezcla de lo que fuimos, lo que padecimos y lo que soñamos. Tal vez por eso, cuando cierro el álbum, no oigo un chasquido, sino un latido.