Estando en Hawái, un arcoíris inmenso apareció de pronto sobre las montañas rocosas, interrumpidas por árboles en flor. Abajo, el mar de un azul intenso parecía sostenerlo todo. El paisaje era tan paradisíaco y tan hermoso que pensé que no cabría en una fotografía y, mucho menos, podría describirse con palabras. No porque faltaran imágenes, sino porque la experiencia desbordaba cualquier intento de nombrarla.
Hay momentos así. También sentimientos. Algunos luminosos, otros dolorosos, otros tan complejos que no admiten forma ni contorno. No todo lo que vivimos puede ser explicado gráficamente. No todo lo que sentimos encuentra una palabra justa. Y, sin embargo, ahí está, existiendo con una fuerza que no necesita permiso del lenguaje.
Llegamos al mundo envueltos en palabras ajenas. Nos preceden, nos rodean, nos explican antes de que tengamos conciencia de nosotros mismos. Aprendemos a decir madre, hogar, bien, mal, yo, ellos. Y con esas palabras empezamos a recortar la realidad. Porque el lenguaje no solo describe el mundo: lo delimita.
Hay ideas que nunca llegan a nuestra mente no porque sean falsas, sino porque no tenemos palabras para pensarlas.
Decimos que pensamos libremente, pero rara vez nos detenemos a preguntarnos desde qué lenguaje pensamos. Antes de elegir, ya habíamos aprendido a nombrar. Y al nombrar, aprendimos también a excluir.
El filósofo Ludwig Wittgenstein advirtió que los límites del lenguaje marcan los límites del mundo. No hablaba de muros físicos ni de fronteras políticas, sino de algo más íntimo: aquello que no puede decirse queda fuera del horizonte de lo pensable. No porque no exista, sino porque no sabemos cómo traerlo a la conciencia. El mundo no termina donde acaba el mapa. Termina donde termina el vocabulario.
Desde tiempos antiguos, la humanidad ha intuido que la palabra no solo nombra, sino que crea. Abracadabra, fórmula ancestral usada como conjuro y protección, ha sido interpretada tradicionalmente como una invocación creadora: “creo mientras hablo”, “digo y sucede”. Más allá de su etimología discutida, lo revelador es la fe que encierra: la convicción de que el lenguaje no es pasivo, de que la palabra pronunciada modifica lo real. No es casual que los mitos, las religiones y la poesía compartan esa confianza en el poder del decir.
El lenguaje no es solo una herramienta para expresar pensamientos; es el marco que los hace posibles. Pensamos dentro de palabras heredadas, repetidas, aceptadas sin revisión. Cada lengua es una forma de mirar.
Como escritora, esta paradoja se vuelve inevitable. Las palabras son mi oficio, mi casa y mi riesgo. Al escribir libros como Al borde de la decencia o Lazareto de afecciones, he comprobado que no siempre se trata de encontrar la palabra exacta, sino de aceptar su insuficiencia. Hay experiencias que se resisten, zonas del cuerpo y de la memoria que el lenguaje apenas roza. Con las palabras intento nombrar lo vivido, lo recordado, lo intuido. Pero también descubro su límite: hay sensaciones que se escapan. Verdades que no se dejan fijar.
Tal vez por eso escribimos. No solo para decir lo que pensamos, sino para ensanchar el territorio de lo pensable. Para forzar a las palabras a ir un poco más allá de su uso cotidiano. Para rozar lo que aún no tiene nombre.
Los límites de nuestro mundo no están siempre ahí fuera. Muchas veces están dentro.
En las palabras que nos enseñaron.
En las que repetimos sin cuestionar.
Y en las que aún no nos atrevemos a inventar.
Pensar el lenguaje, rescatarlo, modificarlo, reeditarlo, es pensar en la libertad. Cada palabra nueva aprendida, cada matiz recuperado, cada silencio interrogado desdibuja un poco más las fronteras. Quizá de eso se trate: de caminar hacia los bordes del lenguaje, sabiendo que, justo allí, empieza otra forma de mirar.
Nota final
Este artículo está dedicado a Clara Sánchez, escritora y miembro de la Real Academia Española, por su labor creadora y expansiva, y a Francisco Gutiérrez Carbajo, académico y escritor, por su manera de transformar la palabra en imagen y la imagen en palabra. En ambos, el lenguaje no se limita: se abre.