Esta guerra en Israel, que aún no ha finalizado, me ha dado y quitado mucho.
No hay manera de medirlo con palabras exactas: lo que arrebata es inmediato, lo que entrega se revela lentamente, casi en silencio, como si pidiera permiso para existir en medio del estruendo.
Han sido tantos días y noches —interrumpidos, fragmentados— compartiendo refugios con mi familia y con personas que hasta ese momento eran apenas circunstanciales. Allí, detrás de muros apretados, esperando con una mezcla de lucidez y resignación, aprendimos lo que significa depender del azar para seguir vivos. Esperar no como acto pasivo, sino como una forma de resistencia.
En esa espera, impotente frente a la violencia —una violencia que no es abstracta sino concreta, dirigida, brutal—, descubrí algo que no esperaba: la confianza. Confianza en desconocidos que sostienen una puerta, que comparten agua, que miran a los ojos sin palabras. Confianza en quienes, desde distintos lugares, se juegan para que otros estemos un poco más seguros.
Esta guerra me obligó a entender de manera más íntima el valor de la vida, no como idea, sino como latido frágil que puede interrumpirse en cualquier instante. La propia y la ajena, sin jerarquías. Me volvió más consciente del dolor del otro, incluso del distante, incluso del que no conozco.
También me enseñó a amar con más urgencia y más verdad. A disfrutar cada segundo con mi compañera, con mis hijos, con quienes están cerca. A descubrir que el amor, en tiempos así, deja de ser promesa y se vuelve refugio real, concreto, indispensable.
Pero no todo ha sido ganancia.
Esta guerra también me ha quitado vínculos que creía firmes. Amigos que, frente a esta realidad, eligieron una posición política antes que una posición humana. Que prefirieron sostener ideas que justifican o relativizan aquello que amenaza mi vida, antes que ofrecer un gesto de solidaridad. Esa pérdida no es ruidosa, pero es profunda. Es una forma de exilio afectivo.
Sin embargo —porque la vida insiste—, en este mismo contexto han aparecido otros. Nuevas personas que no estaban antes, que no compartían mi historia, pero que eligieron estar. Que se han transformado, casi sin transición, en hermanos. En compañeros de destino. En presencias que sostienen.