Estoy cansado y viejo. El cuerpo me duele y apenas puedo caminar; pero no es eso lo que más pesa. Lo más hondo es otra fatiga: la de no tener ya fuerzas para discutir ni para soportar que tantos amigos íntimos, tantos compañeros de ruta en una misma ideología, no me entiendan y me abandonen.
A veces siento que habito una escena imposible: como si estuviera en un campo de muerte nazi y, en medio de la Segunda Guerra Mundial, recibiera cartas que rezan por ambos bandos —por los Aliados y por el Eje nazi-fascista racista—, como si la simetría fuera una forma de justicia y no una renuncia al juicio. Y entonces la sensación se vuelve más dura: la de que gran parte del mundo me acusa, simplemente, por existir.
Hoy los bandos no son abstractos. Por un lado, el fanatismo religioso de los ayatolás y sus cómplices: un poder que no vacila en sacrificar a su propia población en nombre del odio y del interés; que puede asesinar, en cuestión de horas, a miles de manifestantes desarmados en Irán, Gaza, Sudán o Yemen; que quema, viola, degrada, convierte la vida en instrumento y la muerte en mensaje; que dispara, deliberadamente, hacia donde sabe que viven civiles.
Del otro lado, fuerzas de defensa que, con todos los límites de la guerra, procuran evitar a la población civil. Eso no es una consigna: está documentado.
Hace poco escribí un poema contra la indiferencia, contra ese hábito de mirar hacia otro lado. Lo envié a cientos de personas con quienes compartí durante años una dedicación absoluta a los derechos humanos y a la paz —porque el primero de todos los derechos es el de vivir—. La respuesta fue mínima: apenas el eco de unos pocos, contables con los dedos de una mano.
Estoy cansado. A veces desearía desaparecer. Pero no tengo el coraje trágico de Stefan Zweig para quitarme la vida ante la desilusión social. La mía ha sido una vida orientada a salvar: a resistir dictaduras, a huir del exilio impuesto, a advertir contra las armas genocidas —atómicas, químicas, biológicas— sin distinguir razas, sexos, etnias, nacionalidades o religiones, como exige el Juramento Hipocrático.
Y, sin embargo, hoy veo cómo muchos de quienes compartían ese compromiso lo condicionan: lo restringen, lo aplican selectivamente. Excluyen —explícita o implícitamente— a los judíos o a determinadas nacionalidades, mientras continúan llamándose progresistas. Esa fractura moral es, quizá, lo que más duele.
Miro hacia atrás y reconozco otra deuda: mi familia y mis afectos quedaron, demasiadas veces, en un segundo plano. A ellos les pido perdón.
Ahora solo me queda un retiro silencioso: un espacio para pensar, para llorar, para intentar comprender en qué momento la conciencia colectiva comenzó a aceptar el silencio como si fuera una forma de paz.