El próximo 8 de marzo se realizarán en Colombia las elecciones al Congreso que revisten gran importancia por la función de senadores y representantes a la cámara, una cita democrática donde históricamente la ciudadanía no participa activamente para rubricar de amplia legitimidad la integración del poder legislativo.
Los congresistas son fundamentales en la estructura funcional, pero son materia de críticas por el número que conforma cada célula legislativa y la gestión individual. Esos reparos surgen, en ocasiones, por quienes se abstienen de participar en la elección de la rama del poder público que encarna las leyes.
En la práctica se presenta un doble mutismo. Un sector de la ciudadanía que permite a otros definir su futuro en la expresión del sufragio. Y en la otra orilla, una mayoría desconocida en el Congreso, que poco interviene, opta por el silencio antes que fijar sus posiciones, y que algunas veces genera espectáculos deplorables lejos de la función que les corresponde. Generalmente este grupo se caracteriza por sus escasas manifestaciones, que resultan admirables, porque hablan sin decir mucho con una asombrosa seguridad de apreciaciones dislocadas.
Lejos quedaron aquellas participaciones y debates de antaño, con posturas partidistas e ideológicas claras, diferentes a los protagonismos contemporáneos, donde el reconocimiento es escaso o el trabajo legislativo generalmente nulo, que parece ser la característica particular de un importante sector que integra el templo de la democracia.
Es importante señalar, también, que un selecto grupo se destaca como legisladores que son la excepción, pero generalmente, abundan los desconocidos en el contexto nacional que se pavonean en sus territorios y veredas con voces casi vírgenes estrenadas solo para pronunciar su asistencia, las que luego callan o terminan ausentes ante el manejo de una votación que otros les imponen.
Ahí está la importancia de integrar ese cuerpo legislativo con personas que gocen de formación, vocación y de la claridad funcional que les corresponde, con reconocimiento de su talante mental, social, político, académico, capacidad analítica, críticos con argumentos para defender o fijar oposiciones constructivas socialmente en el marco legislativo.
Cada generación cree que puede cambiar el mundo, pero será la visión que tenga frente a las políticas públicas, la evaluación de lo aprendido y el valor de la experiencia las verdaderas respuestas a las necesidades del pueblo.
El derecho a la salud, la educación, la vivienda no pueden mendigarse, se deben exigir. La seguridad y la libertad son banderas de todo momento, pero libertad sin seguridad es el caos, y seguridad sin libertad puede resultar en represión.
Más que retórica política profusa en alusiones a sentimientos gregarios, nacionalistas o regionalistas, de discursos viscerales de la práctica política, la comunidad nacional espera de los candidatos propuestas concretas ajustadas a la realidad social.
Ojalá las estrategias de comunicación política no sirvan únicamente para el posicionamiento de un producto electoral que alimente el mercado de emociones, y los ungidos dignifiquen esa representación derivada con un trabajo que responda objetivamente a carencias de la comunidad…