Desde la captura de Maduro el pasado 3 de enero, el coro de papagayos kakistócratas que en España fungen como ministros y sus monaguillos paniaguados de los medios de comunicación, cantan sin cesar su “respeto por el derecho internacional”. Respecto selectivo, claro.
Seleccionaron su respeto, en negativo, el día que pasearon a Delcy por medio Madrid, mucho más allá de la famosa terminal, cuando sobre ella pesaba una prohibición europea de hacer precisamente eso. Tampoco importó demasiado que la ONU siga considerando al Sáhara como un territorio pendiente de descolonización (no considera válidos los Tratados de Madrid) y, por tanto, sea España de iure, aunque no de facto, la potencia administradora de dicho territorio que debe garantizar su proceso de autodeterminación, cuando en 2022 el gobierno del marido de Begoña respaldó el plan de autonomía de Marruecos para el Sáhara en clara contraposición a las resoluciones de la ONU y al respecto al principio de autodeterminación. Por no mencionar el apoyo a una potencia extranjera, claramente colonizadora, cuestión que, en este caso, molesta poco. Qué tendría aquel móvil.
Además de ilustrar la hipocresía, que en la kakistocracia es una virtud, de esa degenerada casta que ocupa la política, los asuntos de la polis, para tratar sus propios asuntos, también deja a todas luces lo que es el derecho internacional. Es decir, una expresión de voluntad con tanto poder de realización como fuerza coercitiva tenga quien la exprese.
En el mundo katholikós, esto es, universal de la Escuela de Salamanca, donde nació, entre otras cuestiones, el Derecho Internacional, éste tenía sentido. Un derecho de gentes que trabajaba con un material verdaderamente general: el hombre por el mero hecho de ser hombre, y éste, el hecho, sostenido sobre la base “evidente” de “que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”, como un par de siglos después sostuvieron los padres fundadores de los EEUU.
¿Puede algo así sostenerse en la actualidad? ¿Se puede atribuir esa razón divina universal –o alguna semejante- como hilo conductor de una pretensión normada de manera general en un mundo donde cosmovisiones como el relativismo, el nihilismo, el paganismo o el salafismo se dan, no ya en el mismo planeta, sino en el mismo barrio de Europa? Evidentemente no. Lo irreconciliable de base no puede transaccionar entre sí en ningún sentido cooperativo. Es más, sólo puede acabar en un juego de tipo minimax cuando de lo que se trata es del propio concepto de lo que es ser hombre. Cuando se le pone límites a la definición como hacen todas las tiranías que son, per se, anti katholikós.
Para el relativista de profesión, nuestros necios conspicuos en el poder y sus conjuras, esto no supone ningún problema. ¿Cómo va a serlo para alguien para quien la mentira es un “cambio de opinión”?