Hay una escena silenciosa en la campaña presidencial colombiana que no aparece en las encuestas, pero sí en los cálculos finos del poder. No está en los tres primeros lugares de quienes encabezan (Paloma Valencia, Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella). Tampoco en los titulares encendidos.
Está más atrás. Mucho más atrás. Son los rezagados.
Se trata de un grupo de candidatos que siguen en la contienda sin que el país los vea como opción real de triunfo. Lo saben ellos, lo intuyen sus equipos, lo confirma la calle. Y, sin embargo, siguen. Caminan, declaran, proponen, persisten.
Porque en política perder también es una forma de poder. Ahí están, uno a uno, componiendo una sinfonía discreta pero decisiva:
Sergio Fajardo, el eterno pedagogo de la moderación, siempre cerca… pero nunca suficiente.
Roy Barreras, animal político por excelencia, más cómodo en el poder que en la campaña.
Claudia López, figura fuerte y polarizante, con capital político… y desgaste acumulado.
Sondra Macollins, outsider jurídica, visible pero todavía sin estructura política sólida.
Luis Gilberto Murillo, técnico con hoja de vida impecable, aún en busca de traducción electoral.
Miguel Uribe Londoño, nombre que resuena más por entorno que por proyecto propio.
Mauricio Lizcano, operador hábil, más identificado con el engranaje que con la plaza pública.
Santiago Botero, empresario de discurso frontal, intentando convertir convicción en votos.
Cada uno encarna una forma distinta de estar… sin estar. Pero, subestimarlos es un error.
Porque si algo ha enseñado la política colombiana —incluida la de Gustavo Petro y Álvaro Uribe Vélez— es que el poder no siempre se mide en intención de voto. A veces se mide en capacidad de negociación. Ahí está su verdadero lugar: no en la primera vuelta… sino en lo que viene después.
Porque si nadie gana de manera contundente, estos nombres —hoy rezagados— se convierten en piezas codiciadas. No lideran, pero inclinan. No arrasan, pero condicionan. Sus votos pueden ser pocos, pero no son irrelevantes.
Son los futuros aliados. Y también, en algunos casos, los futuros negociadores. Ahí aparece el poder oculto: candidaturas que no buscan llegar, sino estar. Posicionarse. Marcar territorio. Tener algo que ofrecer cuando llegue la hora de los acuerdos.
Y no falta el poder engañoso: el del candidato que critica hoy para pactar mañana. El que levanta banderas propias… para luego doblarlas sin pudor frente a la aritmética electoral.
Varos ya leyeron el momento y se hicieron a un lado: Clara López Obregón, Juan Fernando Cristo, Maurice Armitage, Daniel Palacios Martínez y Felipe Córdoba, quienes, por cálculo o sensatez, decidieron no fragmentar más el tablero o alinearse antes de tiempo.
No todos juegan ese juego, por supuesto. Pero el sistema lo permite. Y en ocasiones, lo premia. Porque hay un tercer nivel, del que poco se habla en voz alta: el poder rentable.
Porque en Colombia, participar también puede ser un buen negocio. La reposición de votos —ese mecanismo que devuelve dinero por cada sufragio obtenido— convierte algunas candidaturas en inversiones con retorno. No se gana la Presidencia, pero se recupera caja. No se conquista el poder, pero se equilibra la contabilidad.
No es ilegal. Es el sistema. Pero deja una pregunta incómoda: ¿cuántas candidaturas compiten por convicción… y cuántas también por flujo contable?
En política, a veces quedarse es una apuesta… pero retirarse también es una forma de poder. Y entonces queda flotando la pregunta de fondo: ¿cuántos están aquí para gobernar… y cuántos para negociar?
No hay respuesta única. Pero sí una certeza: en Colombia, no todos los candidatos quieren ser presidentes. Algunos quieren ser imprescindibles cuando nadie gane.
Dentro de siete semanas sabremos cuánto valen realmente. Por ahora, siguen ahí. Perdiendo… con método. Y, en algunos casos, con balance a favor.
Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.