Fortuna Imperatrix

Cenicientas

De la Cenicienta, ese legendario cuento de hadas que nos sigue cautivando por el acoso de la madrastra, el zapato perdido y el cumplimiento de un horario, se conocen hasta setecientas versiones, pero aquí voy a referirme solo a tres. Una de las más famosas, la de Charles Perrault, del siglo XVII, es en la que se inspiró Walt Disney para su largometraje de animación de 1950. En ella nuestra heroína va a la fiesta de palacio en una carroza tirada por caballos, elementos mágicos que habían surgido de una calabaza y unos ratones. La hora a la que se rompe el hechizo es la de las doce de la noche, y, al irse precipitadamente, pierde una de sus zapatillas de cristal. En el cuento original, es decir, en el de esta versión, eran, en cambio, de un tipo de cuero, vaire en francés, que debido a un error de imprenta se convirtió en verre, cristal, y así quedó para siempre, como explica la escritora Mariasun Landa al explicar la necesidad que tenemos los seres humanos de la fantasía para soñar.

Otra Cenicienta sería la de los Hermanos Grimm, quienes al igual que Perrault recogieron sus historias de la tradición oral. También ellos la situaron junto a la ceniza de los fogones y, en este caso, quienes la ayudaban a salir de los trabajos imposibles que le ordenaba la madrastra eran sus amigos los pajaritos y el avellano que plantó sobre la tumba de su madre, que le proporcionaba los trajes preciosos y los zapatos, como los de oro que llevaba la noche en que al retirarse perdió el del pie izquierdo.

Y la tercera Cenicienta que quiero destacar es la del serbio Vuk Stefanovic Karadzic, otro recopilador, amigo de los Grimm. En su caso, la chica maltratada recibe la ayuda en las tareas infernales que su madrastra le impone directamente de su madre, que se había convertido en vaca: ella le metía por la boca el cáñamo que le mandaban hilar y este salía convertido en hilo por una oreja. Y la reunión social de la que debe huir es la misa del domingo, que ha de abandonar antes de que concluya. No se especifica de qué material estaba hecha la zapatilla que extravía, la del pie derecho. En las tres ocasiones, sin embargo, se resalta la maldad y codicia de las hermanastras, al estar dispuestas a hacer lo imposible con tal de poder introducir su pie en el zapato perdido para poder casarse con el príncipe, pues llegan a cortarse hasta un dedo y rebanarse un trozo de talón. En la versión de Perrault son perdonadas; en la de los Grimm, castigadas; y en la de Vuk Stefanovic se desconoce su destino.

Pero la duda principal es si después de los mil años de historia que tiene este cuento maravilloso habremos aprendido la lección, o si seguiremos metiendo la pata en el zapato que no nos corresponde.