Prisma Internacional

Cayó Maduro, ¿y ahora qué?

Las expectativas de un rápido cambio político en Venezuela tras la detención del dictador Nicolás Maduro y de su esposa se están frustrando a un ritmo vertiginoso, y la decepción se palpa tanto en la oposición democrática venezolana —dejada literalmente fuera de juego por el presidente norteamericano Donald Trump— como en sus aliados, incluida buena parte de la derecha local. Haber colocado al frente de la supuesta transición democrática del país caribeño a Delcy Rodríguez, uno de los iconos más nauseabundos y repulsivos del régimen, no ha sido comprendido en los círculos de la oposición democrática, y la decisión ha sido criticada abiertamente por María Corina Machado en una entrevista reciente.

Bajo la sombra del omnipresente poder de Trump, el viejo búnker chavista da sus primeros pasos, pero sin grandes cambios ni anuncios claros sobre el rumbo a seguir, y conservando intactas las estructuras policiales, militares y administrativas que han conformado durante los últimos veintiocho años la terrible y represiva dictadura chavista. Nada, pese a la salida de Maduro de la escena, ha cambiado realmente en Caracas: el poder real y efectivo sigue en manos de los mismos que lo usurparon durante lustros, perpetrando abiertos fraudes electorales, persiguiendo con saña a la oposición democrática, violando sistemáticamente los derechos humanos y las libertades de los ciudadanos y provocando, con todo ello, la salida —en un éxodo sin precedentes en la historia de América Latina— de más de nueve millones de venezolanos.

Aparte de haber construido una auténtica ergástula sin ningún tipo de garantías para el ejercicio de la oposición política, la situación económica es catastrófica a todos los niveles. El régimen ha destruido la industria petrolera, PDVSA, que pasó de producir 3,4 millones de barriles diarios en 1998 a menos de un millón en la actualidad, y ha provocado, mediante una política económica ineficaz y rayana en la ineptitud, un desabastecimiento brutal de productos básicos, el colapso de la industria y de la agricultura y una hiperinflación galopante y descontrolada. Todo ello ha generado una caída generalizada del poder adquisitivo, empujando a la pobreza al 86 % de los venezolanos. El socialismo es un desastre y no funciona en ningún sitio: está empíricamente comprobado.

Nada funciona en Venezuela. Los ciudadanos se pasan el día entre apagones, la búsqueda desesperada de productos básicos para alimentar a sus familias, las interminables colas en hospitales, estaciones de servicio, farmacias y tiendas, y la incertidumbre cotidiana de cómo sobrevivir con dos o tres dólares mensuales, que suelen ser la media de salarios y pensiones en un país condenado a vivir en la prehistoria por obra y gracia de un régimen funesto, incapaz de gestionar nada y absolutamente dañino para una economía que antaño fue la envidia de la región.

¿Y ahora qué?, se pregunta la gente. ¿Acaso se va a cumplir en Venezuela el viejo aforismo de El Gatopardo, según el cual todo debe cambiar para que todo siga igual? Haber otorgado patente de corso al viejo régimen para que lidere la transición política —como parece haber ocurrido entre bambalinas mientras se preparaba la operación para detener a Maduro— es una opción extremadamente arriesgada en la que muy pocos confían.

Incluso una diputada popular hasta ahora acérrima trumpista, como Cayetana Álvarez de Toledo, ha criticado las palabras descalificatorias expresadas por Trump hacia la máxima líder de la oposición venezolana y ha afirmado con rotundidad que “María Corina Machado es la líder indiscutible del pueblo venezolano”, poniendo así en entredicho la decisión del mandatario norteamericano de dejar el proceso de transición en manos de los oprobiosos chavistas.

Hoy, dadas las circunstancias actuales y ante la ausencia de cambios reales en la escena política que permitan atisbar un giro claro hacia una democracia plena, al menos a corto plazo, la incertidumbre vuelve a apoderarse de millones de venezolanos en medio de una gravísima crisis social, política y económica, y —me atrevería a decir— casi existencial.¿Hasta cuándo habrá que esperar la aurora que devore a los monstruos del pasado y traiga, por fin, la añorada libertad?