Hay días en que la ciudad se toma la libertad de jugar consigo misma. El carnaval es ese instante en que la arquitectura, aparentemente solemne, descubre que también puede sonreír. No porque cambie su materia, sino porque cambia su manera de ser habitada.
En Madrid, el corazón histórico ofrece un escenario extraordinario para esta transformación. La Plaza Mayor, con su traza regular y cerrada, responde al ideal urbano de los Austrias: un rectángulo casi perfecto, soportales continuos, fachadas de tres alturas rítmicamente perforadas por balcones. El ladrillo rojo y la piedra de granito dialogan en una composición sobria, donde la repetición genera orden y la proporción otorga serenidad.
Como arquitecto, siempre me ha fascinado su condición de espacio contenido. Es una plaza que abraza. El perímetro edificado construye una estancia urbana casi doméstica, una sala al aire libre. En carnaval, esa contención se convierte en caja de resonancia: las máscaras, los trajes y las comparsas activan los balcones barrocos como si fueran palcos teatrales. La regularidad herreriana no se altera; se intensifica. El orden arquitectónico sostiene la libertad festiva.
A pocos minutos, la Puerta del Sol ofrece otra lógica espacial. Si la Plaza Mayor es estancia, Sol es cruce. Su forma irregular, resultado de sucesivas transformaciones urbanas del siglo XIX, responde a una ciudad en expansión. Las fachadas neoclásicas y eclécticas —con cornisas marcadas, ritmos verticales y presencia institucional— configuran un perímetro más abierto, atravesado por ejes que irradian hacia calles como Alcalá, Mayor o Arenal.
Aquí la arquitectura no encierra: articula flujos. El carnaval, en este punto, se vuelve más dinámico. El espacio radial favorece el desfile, la circulación, la mezcla. Las cornisas clásicas y los paños homogéneos actúan como fondo neutro donde el color efímero encuentra contraste. La piedra clara y el revoco tradicional multiplican la luz del invierno madrileño, y la ciudad parece expandirse.
Las calles del centro —Mayor, Arenal, Preciados— dibujan esa transición entre el Madrid de los Austrias y el Madrid burgués del XIX. Balcones de hierro forjado, miradores acristalados, portales profundos que conducen a patios interiores: capas superpuestas de historia que revelan cómo la ciudad se ha adaptado a nuevas formas de comercio y convivencia. En carnaval, estos elementos se activan como dispositivos de proximidad. El balcón deja de ser frontera privada y se convierte en mirador compartido; el soportal vuelve a ser refugio y encuentro.
Frente a la teatralidad palaciega de Venecia, donde el gótico veneciano y los reflejos del agua construyen una escenografía casi onírica, Madrid ofrece una monumentalidad más contenida. Aquí la fiesta no flota: se apoya en la solidez del ladrillo y el granito. Y tal vez por eso resulta tan cercana.
El carnaval nos recuerda que la arquitectura no es un objeto cerrado, sino un marco abierto a la interpretación ciudadana. Diseñamos volúmenes, trazamos alineaciones, estudiamos proporciones; pero son los vecinos quienes, con su presencia, completan el proyecto. La ciudad no termina en la obra construida: continúa en el uso, en la risa, en el disfraz improvisado.
Como escribió Antonio Machado, “caminante, no hay camino, se hace camino al andar”.