Riesgos globales y bioseguridad

La nueva estrategia española contra armas de destrucción masiva incluye la posibilidad de ataques con peste porcina

El Gobierno ha incorporado en su nueva estrategia contra las armas de destrucción masiva una referencia explícita a la posibilidad de un ataque basado en la peste porcina africana u otros agentes biológicos, señalando que las amenazas biológicas —junto con las nucleares y químicas— siguen representando un riesgo real para la seguridad nacional y global, según el planteamiento estratégico publicado esta semana.

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La actualización de la estrategia de seguridad contra la proliferación de armas de destrucción masiva busca adaptarse al panorama de amenazas contemporáneas, en el que la tecnología, los avances en biociencias y la globalización han ampliado los vectores potenciales de ataques y crisis sanitarias. El documento destaca que, además de los riesgos tradicionales asociados a armas nucleares y químicas, las amenazas biológicas —incluidas enfermedades altamente contagiosas entre animales y potencialmente explotables para fines dañinos— requieren atención específica dentro de los mecanismos de seguridad y defensa.

Entre los agentes biológicos que suscitan preocupación figura la peste porcina africana (PPA), una enfermedad viral de alta mortalidad en cerdos y jabalíes que no afecta a las personas, pero que puede causar daños económicos y sanitarios significativos en el sector agroalimentario. La inclusión de esta enfermedad en el marco estratégico se produce en un momento en el que Europa y España enfrentan brotes recientes de PPA, con medidas de contención y sacrificio animal para frenar su expansión y evitar repercusiones en exportaciones y mercados ganaderos.

La peste porcina africana, que ha provocado brotes en distintas regiones europeas y ha llevado a sacrificios masivos y restricciones comerciales, es considerada una amenaza no solo para la salud animal, sino también como un vector que podría ser manipulado o explotado en escenarios de riesgo biológico si no se mantienen sistemas de bioseguridad sólidos.

La estrategia señala que los avances tecnológicos y la mayor accesibilidad a información científica elevan los desafíos en el campo de las amenazas biológicas y químicas, ya que tanto actores estatales como no estatales podrían intentar emplear agentes patógenos con fines perjudiciales si no existen controles rigurosos. Esto enfatiza la importancia de fortalecer la vigilancia epidemiológica, los sistemas de alerta temprana y la cooperación internacional para reducir la probabilidad de que enfermedades animales o humanas se conviertan en herramientas de agresión deliberada.

El documento reafirma el compromiso del Estado con las convenciones internacionales de no proliferación y bioseguridad, al tiempo que plantea la necesidad de políticas y mecanismos de respuesta más sofisticados frente a una gama más amplia de amenazas, incluidas aquellas que combinan aspectos sanitarios, tecnológicos y de seguridad nacional.