El Retrovisor

La “Tarasca”, dragona de Madrid

La cultura china celebra su año nuevo el primer día de Luna nueva después del solsticio de invierno, el año 2026 de nuestra era es el 4724 de la suya. Una fiesta que celebraron el pasado 17 de febrero los cerca de 60.000 ciudadanos de origen chino que viven en Madrid, principalmente en el distrito de Usera. El festejo, profusamente recogido por los medios de comunicación, constituye un ejemplo muy positivo de convivencia multicultural y de integración con los vecinos de aquí y los llegados de todas partes que vivimos en esta ciudad. El plato fuerte de la conmemoración es el desfile de “Long”, la representación de un dragón símbolo de sabiduría, poder y buena suerte. Su danza supone, consideran, la llegada de energías positivas para el nuevo ciclo.

La historia de Madrid no es una simple colección de archivos. Conocerla permite fortalecer nuestra identidad, respondiendo al de dónde venimos y dónde estamos que genera el sentido de pertenencia que suele dar lugar al bienestar. No puedo ocultar que siento un poco de envidia por la vitalidad de la cultura china, capaz de exportar sus tradiciones allá donde llegan sus ciudadanos. Esa es la razón por la que me gustaría hablarles de una festividad de Madrid, que muchos conocerán y algunos, a los que me dirijo, no. Me estoy refiriendo a la celebración del Corpus Christi, entre los siglos XV y XVIII en los que una dragona, la “Tarasca”, fue protagonista como ahora lo es “Long”.

El antropólogo Julio Caro Baroja, es el investigador que, con más especificidad, se ha ocupado de la Tarasca en Madrid. A través de él también encontramos referencias sobre la misma de Sebastián de Covarrubias, en su “Tesoro de la Lengua Castellana” (1611) o Francisco Santos (1664). La celebración del Corpus Christi, sesenta días más tarde del Domingo de Pascua, había sido instaurada por el papa Urbano IV en 1264. En Madrid adquirió relevancia cuando los reyes asistieron a las procesiones. La primera en hacerlo fue Isabel la Católica en 1482. No obstante, fue durante el reinado de Felipe IV (1621-1665) cuando alcanzó mayor popularidad.

La procesión escenificaba la lucha entre las fuerzas opuestas, donde el bien estaba representado por la custodia con el cuerpo de Cristo (que cerraba la comitiva) y el mal por la Tarasca, una dragona o sierpe con alas y larga cola que abría el desfile y que estaba relacionada, explica Caro Baroja, con la tradición de los dragones medievales y posiblemente, también, con la leyenda de San Marta, hermana de los discípulos de Cristo: María Magdalena y Lázaro, que según la tradición, en la región francesa de Provenza domesticó a una Tarasca, un ser que asolaba a la población, que tenía cabeza de león, caparazón de tortuga, seis patas con garras de oso y cola de serpiente con un aguijón de escorpión.

Ese mayor éxito de la procesión del Corpus en el siglo XVII corresponde a la respuesta de la Contrarreforma católica ante la negación del sacramento de la eucaristía por parte de los protestantes. Se trataba de la utilización la fiesta del Corpus Christi como una herramienta de afirmación dogmática, donde el desfile de la Tarasca simbolizaba visualmente la derrota de la herejía ante la presencia real de Cristo en el sacramento.

Pero en esa mezcla de auto sacramental y procesión, la Tarasca no era solo un adorno; era una referencia de moda. Las mujeres de la época acudían a la procesión para ver cómo iba vestida un maniquí conocido como la “Tarasquilla” y así conocer las tendencias que marcarían el año siguiente. Además, el hecho de que este diseño específico la muestra con una guitarra ofrece una visión valiosa de la importancia de este instrumento en la cultura popular madrileña del siglo XVII.

Tales fueron los excesos de la mezcolanza de elementos paganos que provocaron que la Tarasca fuera prohibida en Madrid por real cédula de 21 de junio de 1780 de Carlos III, por ser considerada un elemento "indecoroso".

A pesar de ello, su uso persiste en otras partes de España. En la actualidad, ciudades como Toledo y Granada continúan utilizando la Tarasca en sus fiestas del Corpus Christi como un símbolo del triunfo del bien sobre el mal, manteniendo viva una tradición que une lo profano con lo religioso. En Madrid lo que ha prevalecido es la procesión del bien, de la custodia de Cristo, portada en un templete de plata de 110 kilogramos, elaborado en el año 1573 por el orfebre real Francisco Álvarez.