Esta mañana recibí de un amigo común la noticia del fallecimiento de María Teresa de Lara Carbó, con la que habíamos estado apenas hace unos días en su casa, con sus hijos y nietos, despidiéndonos porque ya sabíamos que los días futuros eran tiempo de descuento. Agradezco esta oportunidad y este recuerdo que se suma a los muchísimos que sus amigos tenemos de ella.
Con la muerte de María Teresa de Lara y Carbó, España pierde mucho más que una diputada veterana, primero en la Asamblea de Madrid y después en el Congreso. Perdemos una referencia pionera en la política medioambiental en España, que defendió este tema cuando hacerlo era noticia. Pero, además, para quienes tuvimos la suerte de tratarla de cerca, se va una amiga leal, constante y luminosa.
Nos conocemos, y no digo que nos conocíamos porque me resulta imposible conjugar este verbo en pasado cuando se trata de Tere…
Nos conocemos desde hace casi cuarenta años. Coincidimos trabajando en la Asamblea de Madrid -yo como técnica y socióloga, y ella representando a los madrileños- en una época en la que la política todavía era serena, dialogante, y se ejercía en los pasillos. Era una forma sensata y amable de defender los programas políticos, cuando la palabra dada tenía un valor y el adversario político no era un enemigo, sino alguien que pensaba distinto. Desde entonces, nuestra relación se convirtió en algo que el tiempo fue puliendo hasta hacerlo inquebrantable.
María Teresa fue diputada en el Congreso durante siete legislaturas, y desempeñó su labor con esa mezcla poco frecuente de rigor técnico y sentido común. No necesitaba estridencias porque sabía. Conocía lo que es importante y lo que no, porque es una gran madre que ha sabido apoyar a cada uno de sus hijos y también a sus nietos. Conocía su profesión, no solo la química teórica y práctica, sino también cómo enseñar, y estaba orgullosa de haber dado clase a un buen número de alumnos.
Y en política, supo trasladar toda esa experiencia vital a una trayectoria de estudios y programa, de propuestas que podían mejorar la vida de los ciudadanos, como autoridad reconocida en políticas de medio ambiente, campo al que dedicó inteligencia y una vocación auténtica de servicio público. Analizaba cada asunto, escuchaba, y después decidía. A su pesar, presidió la mesa de edad en la sesión constitutiva de 2018 con la serenidad que siempre la caracterizó, y se retiró del Congreso en 2019. Era también, aunque le daba pudor contarlo, académica de número de la Belgo-Española de Historia.
Pero quienes la queríamos sabemos que su mejor versión no estaba en los escaños.
Estaba en las cenas periódicas de nuestro pequeño grupo, que con los años se volvió casi una institución: Juan Van-Halen, Gustavo Severien, María José Martínez de la Fuente, mi marido Enrique Granda y yo. Seis personas que, pasara lo que pasara fuera, encontrábamos siempre el mismo refugio alrededor de una mesa. Allí aparecía la Tere más cercana: irónica, culta, discreta, con ese sentido del humor suave que desarmaba tensiones y ponía cada cosa en su sitio.
Tenía el raro talento de escuchar de verdad. Incluso de decir la verdad. Y una lealtad sin estridencias, que es la única que cuenta.
Su vida pública fue intensa, pero su mayor tesoro fue siempre su familia: sus hijos y sus nietos, que son el reflejo de una gran madre, que siempre ha hablado de ellos con esa mezcla perfecta de orgullo y ternura, una mixtura que la retrataba mejor que cualquier discurso parlamentario.
Hoy la despedimos con mucha tristeza, pero también con gratitud. Por lo que hizo por nuestro país y, sobre todo, por lo que siempre será para nosotros: una amiga firme, una mujer íntegra y una presencia que parecía permanente, de esas que uno cree que van a estar allí siempre.
De alguna manera así será. Su recuerdo lo estará.