La imagen romántica del escritor encarcelado por sus ideas políticas o por su libertad de expresión eclipsa una realidad bastante más prosaica. Y es que una parte significativa de los grandes literatos que acabaron entre rejas lo hicieron por motivos económicos: deudas impagadas, quiebras, fraudes, contratos incumplidos, conflictos mercantiles o con la hacienda pública. Ésta ha sido la principal causa de encarcelamiento de nuestros clásicos, por encima de la disidencia ideológica. En el Siglo de Oro, la prisión por deudas era toda una institución: bastaba con no poder pagar a un acreedor para acabar tras las rejas, y los hombres de letras, rara vez prósperos, no eran la excepción, sino la regla.
Madrid fue epicentro de este fenómeno por ser el centro del sistema judicial. En las viejas cárceles de la capital, como la de Corte, el Saladero o, más tarde, la Modelo, convivían poetas, novelistas y dramaturgos con comerciantes arruinados y funcionarios convictos por malversación. Caso paradigmático es el de Miguel de Cervantes, pero también Lope de Vega, desterrado en 1588 y encarcelado preventivamente en Madrid, no por sus versos, sino por un pleito derivado de libelos injuriosos con un trasfondo patrimonial. La excepción podría ser Francisco de Quevedo, acusado de traición y conspiración contra la Corona, aunque su caso responde a la envidia y la venganza -por su pluma afilada- de su acérrimo enemigo, el duque de Olivares.
Cervantes y la Cárcel Real
Miguel de Cervantes nunca puso un pie en la Cárcel Real de Madrid, aunque siempre estuvo a un paso de hacerlo. Su primera estancia en la Corte, a la que llega con diecinueve años, se interrumpe por herir en un duelo a un tal Antonio de Sigura, empleado del Alcázar. Cervantes huye de la capital, aunque no por eso se libra de conocer las cárceles reales, pues años después acabaría en la de Sevilla, acusado de irregularidades en su oficio de recaudador como comisario general de abastos para la Armada Invencible. Entre aquellas rejas probablemente escribió las primeras páginas de “El ingenioso caballero Don Quijote de La Mancha”, aunque nunca se ha encontrado el manuscrito original. De hecho, solo se conservan doce manuscritos autógrafos de Miguel de Cervantes, todos ellos de carácter administrativo. Nueve están en España y tres en el Rosenbach Museum de Filadelfia, como resultado del expolio que sufrimos los españoles durante la invasión francesa. Su segunda estancia en Madrid también acabó abruptamente, acusado de adulterio por sus amores con una tabernera casada, madre de la única hija conocida del escritor.
La última estancia de Miguel de Cervantes en Madrid -la más larga- acabaría con la huida definitiva hacia el sepulcro. Tres días antes escribe al conde de Lemos: “Aquellas coplas antiguas que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: “puesto ya un pie en el estribo”; quisiera yo no vinieran tan a pelo en ésta mi epístola (…) Ayer me dieron la extremaunción, y hoy escribo esto; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan”.
Quevedo halló la libertad en los libros
Francisco de Quevedo también estuvo cerca de entrar en la cárcel de Corte de Madrid, si bien acabó en León por su condición de Caballero de Santiago. Fue detenido en Madrid en 1639, con nocturnidad e incluso alevosía, mientras dormía en el palacio de los duques de Medinaceli, acusado de conspiración con Francia por su gran enemigo, el duque de Olivares. El propio Quevedo describe el caso: “me prendieron dos alcaldes de corte, con más de veinte ministros, y sin dejarme cosa alguna, tomándome las llaves de todo, sin una camisa, ni capa, ni criado, en ayunas, a las diez y media de la noche, el día siete de diciembre, y en un coche con uno de los alcaldes y dos alguaciles de corte y cuatro guardias, me trajeron más con apariencia de ajusticiado que de preso, en el rigor del invierno, sin saber a qué, ni por qué, ni adonde, caminando cincuenta y cinco leguas al convento Real de San Marcos de León, de la Orden de Santiago, donde llegué desnudo y sin un cuarto, y donde estuve seis meses solo en un aposento y cerrado por defuera con llave, y adonde sin salir del convento he estado dos años, que son prosiguiendo desde siete de diciembre de 39, hasta los veinte de octubre de 41”.
Quevedo relata su vida en prisión en una “Carta moral e instructiva” que dirige a su amigo Adán de la Parra: “Desde las diez a las once rezo algunas devociones, y desde esta hora a las de las doce leo en buenos y malos autores; porque no hay ningún libro, por despreciable que sea, que no tenga alguna cosa buena, como ni algún lunar el de mejor nota. Catulo tiene sus errores (…) Cicerón algún absurdo, Séneca bastante confusión; y en fin, Homero sus cegueras”.
Solamente los libros sacan a Quevedo de su aislamiento: “Es verdad -escribe- que aquí estamos solos el preso y la cárcel; mas si me cuentas por vivo, en mí tengo compañía, y nunca me vi tan acompañado que ahora que estoy sin otro… Tiénenme cerrado en una cuadra, más a pesar de las vueltas de la llave, estoy libre… razonan conmigo los libros, cuyas palabras oigo con los ojos”.
El Madrid liberal
En el siglo XIX la situación no cambió sustancialmente. Un buen número de escritores y periodistas fueron inquilinos obligados de las cárceles de Corte, por una combinación de intrigas y censura, pero también deudas acumuladas por su vida bohemia o su dependencia de mecenas y editores. Muchos de nuestros autores temían más al impago que a la crítica. En el siglo XIX más de la mitad de los presos de la capital lo eran por deudas o pleitos mercantiles.
Mariano José de Larra, aunque no llegó a estar preso, vivió obsesionado por las deudas y los embargos, una sombra proyectada sobre la mayoría de los personajes más conocidos del Madrid liberal. Tampoco llegó a ser encarcelado José Zorrilla, aquejado de una incapacidad crónica para cumplir contratos y pagos. Las cárceles madrileñas seguían siendo, en gran medida, depósitos de deudores. Y lo fueron hasta bien entrado el siglo XX. Todavía en 1916, León Felipe fue encarcelado por dos años por su mala gestión como administrador de un sanatorio, aunque el pleito demostró que no hubo enriquecimiento personal por parte del poeta y farmacéutico. Los números son tan poderosos como los versos para cerrar las puertas a la libertad.
Todo esto no significa que la represión ideológica no tuviera su papel históricamente, especialmente en tiempos de cambio político o contiendas militares. Poetas como Miguel Hernández y Espronceda lo atestiguan. El segundo, con solo 15 años de edad, fue sentenciado a cinco años de prisión por formar parte de la sociedad secreta de “los Numantinos”, creada tras la muerte de Riego, aunque solo cumplió unos meses en un convento de Guadalajara, donde empezó a escribir su poema épico “El Pelayo”.
La conclusión de este repaso histórico, por mucho que pueda resultar incómoda para la mitología literaria, podría ser que entre los grandes nombres de la cultura con problemas frente a la Justicia no siempre han sido sentenciados por desafiar al poder con sus palabras, sino por su mala cabeza, por no poder cuadrar sus cuentas o no saber librarse de las denuncias de envidiosos contrariados, aquellos que hoy se llamarían “odiadores” o “haters”. Escribió Quevedo: “No hay camino que no yerre/ ni juego donde no pierda/ ni amigo que no me engañe/ ni enemigo que no tenga”.