Desde que Heisenberg formuló el principio de indeterminación en 1926, no sólo se ha producido una suspensión en la valoración tradicional de la experiencia del mundo, sino también una progresiva sustitución del beneficio de lo útil por la fuerza generadora de lo inútil, que se da en una zona de ambigüedad moral, donde la duda inquieta y pone en cuestión lo que a primera vista parecía indiscutible.
La duda, como la poesía, nos ayuda a evitar los caminos más trillados, a extraer luz de lo oscuro, aceptando la dualidad y pasando por la prueba equívoca de la escritura, que nunca fija, sino que dice lo que crea, en el sueño de la unidad imposible. Como ha señalado Marjorie Perloff en su estudio The Poetics of Indeterminacy: Rimbaud to Cage (1981), lo indeterminado, aquello que no se ve, pero que late oculto, tiende un puente entre lo visible y lo no visible. En este sentido, lo incierto o indeterminado sería un punto extremo de la disolución y la renovación, un estado de fermentación, en donde la palabra participa del ciclo de las sucesiones, del morir y el renacer, y se abre a nuevas posibilidades de expresión.
Y en ese territorio de lo indeterminado, donde se forma la escritura poética, habitan dos figuras emblemáticas: el ángel y el funámbulo. El ángel con su espada fulgurante aparece en el centro germinativo de la escritura, dispuesto a resolver el dilema entre la pregunta y la respuesta, entre la cotidiano y la muerte sin sorpresa. En cuanto a la figura del funámbulo, con su tensión sobre el abismo y su claridad danzante, es un ejemplo de ambigüedad, en el cual conviven lo íntimo y lo dramático, lo lúdico y lo melancólico. Tal vez la experiencia de la transgresión, unida al espacio virtual de la escritura, es lo que hace que el lenguaje sea capaz de conjurar la muerte y prometer a la vida una inmortalidad (“L’objet de la littérature est indeterminé comme l’est celui de la vie”, ha escrito Valéry), lo cual pone de manifiesto que lo dudoso, lo indeterminado, va en contra de toda fijación.
Y si lo propio del lenguaje poético es ir hasta el final de lo posible, su extrañeza e inminencia, derivadas de una distancia, que envuelve y sostiene cualquier horizonte posible, convierten la desnudez de lo incierto en el lugar de la residencia del lenguaje, en movimiento de un murmullo sombrío y nocturno, que desde su transparencia se abre a lo ilimitado. Porque lo que busca la indeterminación, desde sus límites indecisos, es disolver las formas para alcanzar el origen anterior a cualquier separación. Al buscar una relación con lo informe, la ambigüedad de lo indeterminado se muestra como la expresión desnuda del lenguaje, como un despliegue en el espacio infinito de una tarea por hacer. Lo indeterminado sería así el territorio de lo virtual, donde la escritura se forma, que deja al lector en una suerte de suspensión, donde confluyen y se confunden lo decible y lo indecible, lo que contiene el lenguaje y lo que va más allá de él.